sábado, 20 de diciembre de 2025

Navidad: un nuevo comienzo Feliz Navidad. Feliz nacimiento de Jesús en sus corazones.

 

Navidad: un nuevo comienzo

Feliz Navidad.
Feliz nacimiento de Jesús en sus corazones.

Que esta Navidad nos vuelva a encontrar.
Porque cuando el amor es verdadero, no se pierde:
espera.

Que la melodía de esta Navidad sea el reencuentro.
Mi mayor composición sigue siendo nuestra historia.

Un nuevo comienzo.

A veces, el amor no se termina.
A veces se lastima, se confunde, se distancia…
pero nunca deja de esperar.

Hoy quiero compartir esta tarjeta con ustedes
como un gesto sincero.
No para señalar errores,
sino para reconocerlos.

Todos fallamos.
Yo fallé.
Y también aprendí.

Elijo dejar atrás el orgullo, el rencor y el silencio.
Elijo mirar hacia adelante
y quedarme con lo más bello que construimos:
la familia, los recuerdos,
y el amor que todavía vive, aunque duela.

Este es mi primer paso.
El resto depende de ustedes.

Deseo volver a empezar, sanar,
hablar desde el corazón
y darle tiempo al tiempo.
Porque el tiempo, cuando hay amor,
también cura.

Aunque muchas noches sembré palabras que no fueron justas,
hoy quiero sembrar paz.
Porque mi mayor deseo sigue siendo el mismo:
volver a abrazarlos,
volver a sonreír juntos,
volver a ser familia.

Como dice la Palabra:
“Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor nunca deja de ser.”

(1 Corintios 13:7–8)

Con amor,
Papá

Rubén Gustavo Ayala Williams
Autor de Palabras, solo palabras
DNDA – Padre Excluido, Autor y Compositor
© Todos los derechos reservados



viernes, 19 de diciembre de 2025

Cuando el amor es más fuerte Porque la familia no se borra, se cuida.

 

Cuando el amor es más fuerte

Porque la familia no se borra, se cuida.



Comparto estas palabras con humildad y con el corazón abierto.
No para señalar, ni para reclamar,
sino para reconocer que todos somos humanos
y que, en distintos momentos, todos cometimos errores.

Hoy elijo dejar atrás el pasado que nos lastimó
y quedarme con lo más hermoso de lo que fuimos como familia:
los abrazos, las risas, los momentos simples
y el amor que, aun en silencio, siempre estuvo.

Este es mi primer paso.
No obliga a nadie, no exige respuestas.
Solo abre una puerta.

Porque nunca es tarde para volver a empezar,
para sanar con respeto,
para hablar con verdad
y para recuperar el tiempo que perdimos
por el orgullo y el rencor.

A mis hijos:
quiero que sepan que su papá nunca dejó de amarlos,
ni un solo día, ni un solo instante.

A la madre de mis hijos:
deseo de corazón que la paz y el respeto
sean el camino que nos permita cuidar
lo más valioso que compartimos: nuestra familia.

A mis nietos:
aunque la vida no siempre me permitió estar cerca,
mi amor por ustedes es inmenso
y mi deseo es que crezcan rodeados de amor y unión.

Aunque muchas veces no sepamos demostrarlo,
yo siento que todavía nos amamos
y creo sinceramente que estamos a tiempo.

Porque la familia es lo único que verdaderamente importa.
Y porque, pase lo que pase,
por siempre los voy a amar. Feliz Navidad !!



Con amor,
Papá
Ruben Gustavo Ayala Williams

© 2025 – Ruben Gustavo Ayala Williams
Padre Excluido – Autor y compositor
Todos los derechos reservados



EL ÚLTIMO VIAJE Reflexión sobre el tiempo, el amor y lo que verdaderamente permanece

 

EL ÚLTIMO VIAJE

Reflexión sobre el tiempo, el amor y lo que verdaderamente permanece

El último viaje llega sin avisar, sin prepararnos, sin que podamos decidirlo.
A veces no nos permite ni despedirnos: nos vamos sin un adiós, sin un abrazo, sin un “te amo”, sin un “perdóname”.

Mientras vivimos, hacemos planes y recorremos muchos caminos, casi nunca pensamos en ese viaje final que llega cuando menos lo esperamos y, como un ladrón silencioso, nos transporta a otro plano. Deja una estela de dolor y llanto, es incomprensible y cuesta aceptarlo, porque duele tanto que hasta respirar se vuelve difícil para quienes quedan.

Vivimos corriendo detrás de cosas pasajeras, acumulando bienes y apegándonos a lo efímero, aun sabiendo —en el fondo— que nada nos llevaremos. A veces salimos de casa dando un portazo, sin imaginar que quizá ese sea el último recuerdo que dejemos. Así vivimos muchas veces: inconscientes del valor inmenso de cada instante.

Ver partir a tantas personas a mi alrededor me obligó a detenerme y reflexionar. Al mirar mi propia vida entendí que el tiempo se gasta, que todo se vuelve eco, y que lo único que realmente permanece es aquello que se ama y se entrega de corazón.

El tren de regreso no avisa.
No le importa si estamos listos o no.
Simplemente llega… y nos lleva.

Por eso hoy decido no postergar más. Descubro que este momento es el único real, el único seguro, el único en el que puedo ser y actuar. Y elijo vivirlo como si fuera el último, con la verdad por delante y el corazón abierto.

En ese último viaje no quiero despedirme, porque sé que siempre estaré.
Estaré por los errores que cometí, porque también ellos me enseñaron.
Estaré por mis luchas, por mis sueños alcanzados y por no haberme rendido cuando todo parecía perdido.
Estaré porque construí una familia; y aunque me hayan excluido, me quedo con los recuerdos que nadie puede arrebatarme: el día de mi casamiento, el nacimiento de cada uno de mis hijos, la llegada de mis nietos, los árboles que planté y las raíces profundas que dejé.

Antes de partir, si ese momento llega, mi mayor anhelo no es explicar ni justificar nada. Es reencontrarme. Poder fundirme en un abrazo sincero con la madre de mis hijos, no desde las heridas del pasado, sino desde el respeto por lo vivido y por lo que nos unió. Abrazar a mis hijos y mirarlos a los ojos para que sepan que siempre estuvieron en mi corazón, aun en la distancia. Y abrazar a mis nietos, para que sientan que el amor no se rompe, que se transforma y permanece.

Agradezco a Dios por todo lo vivido, por lo aprendido, por mis fallas y, sobre todo, porque he amado. Porque amar es lo único que verdaderamente llena el alma. Para amar fuimos creados, y en el amor encontramos sentido incluso al dolor.

Estoy escribiendo mi libro Palabras, solo palabras, y sé que me leen.
Ojalá que, antes de que llegue ese último viaje, pueda volver a abrazarlos.
Porque hay abrazos que no se despiden: esperan.

“El último viaje no se lleva lo que tuvimos; se lleva lo que no nos animamos a decir.”

Reflexión final

Vivir es aprender a soltar lo material para abrazar lo esencial.
El tiempo no se guarda: se honra.
Y la única herencia verdadera es el amor que dejamos sembrado.

Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre excluido
Autor y compositor registrado – DNDA

© Todos los derechos reservados.
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización expresa del autor.



jueves, 18 de diciembre de 2025

Isaías Benjamín, mi universo paralelo Cuando el amor no puede ser expropiado ni silenciado

 

Isaías Benjamín, mi universo paralelo

Cuando el amor no puede ser expropiado ni silenciado

Hay ausencias que no nacen del desamor,
sino de decisiones ajenas,
de estructuras frías,
de silencios impuestos.

Podrán haberme quitado la casa.
Podrán haberme separado de tu lado.
Podrán haber escrito relatos que no me nombran
y haber cerrado puertas que nunca debieron cerrarse.

Pero jamás podrán callar
la verdad que llevo escrita en el alma.

Isaías Benjamín,
vos no vivís en una dirección,
ni en un expediente,
ni en una versión ajena de la historia.

Vivís en mi conciencia,
en mi memoria diaria,
en cada palabra que escribo para no desaparecer
y para que un día, cuando leas, sepas
que nunca me fui.

Este amor no prescribe.
No se desalquila.
No se archiva.

Es un universo paralelo
donde sigo siendo tu papá,
aunque me llamen ausente
quienes jamás supieron lo que es amar sin condiciones
ni resistir sin odio.

Escribo porque escribir es mi única herramienta,
mi forma de existir,
mi manera de sostener la verdad
cuando todo intenta borrarla.

Y mientras haya palabras,
seguiré nombrándote.



“Podrán quitarme la casa y la presencia,
pero nunca la verdad que llevo escrita en el alma.”


Ruben Gustavo Ayala Williams
Padre excluido
Autor y compositor

Derechos de autor registrados
DNDA – SADAIC

📖 Publicado en el blog “Palabras, Solo Palabras”



La palabra no se encarcela: Cuando escribir es la última forma de libertad

 

La palabra no se encarcela

Cuando escribir es la última forma de libertad

La justicia podrá quitarme la casa, el vínculo y la presencia,
pero jamás podrá quitarme la palabra.

Me registré en la DNDA y en SADAIC para poder escribir. No como un trámite más, sino como una decisión de vida. Porque hoy escribir es mi única herramienta. Es el único espacio que no pudieron arrebatarme. En mi blog Palabras, Solo Palabras dejo mensajes, poemas y canciones. Ahí hablo. Ahí respiro. Ahí sigo existiendo.

Soy padre excluido. Autor y compositor. Escribo porque creo —todavía creo— que la sociedad puede escuchar cuando alguien habla desde la verdad, incluso desde el margen. Tal vez no todos, tal vez no siempre, pero alguien escucha. Y eso alcanza para no desaparecer.

Con el tiempo entendí que no siempre se trata de una denuncia. A veces el daño nace de un relato. Un relato sostenido por una mentira, por el orgullo y por un ego que reprime el arrepentimiento y niega el reconocimiento del error. Reconocer duele. Ceder poder cuesta. Y hay quienes prefieren destruir antes que asumir.

He visto cómo se puede avanzar sin mirar atrás, aun cuando en el camino se arrasa una familia entera. No importa si un hombre queda en la calle. No importa si es apartado de su hijo, excluido de su hogar, borrado de su propia historia. No importa si duerme mal, si come cuando puede o si debe mendigar para sobrevivir. El relato debe sostenerse, aun a costa de la vida del otro.

También he visto cómo se puede exigir una cuota alimentaria mientras se niega el vínculo. Cómo se puede reclamar responsabilidad económica, pero bloquear toda presencia afectiva. Y lo más doloroso es sentir que ya no importa si ese hombre vive, si duerme, si come o si se quiebra. Como si su humanidad hubiera dejado de contar.

La justicia, cuando no escucha con equilibrio ni investiga con profundidad, deja de ser garante y pasa a ser espectadora. El silencio institucional no siempre es neutralidad. Muchas veces es complicidad pasiva. Callar frente a una exclusión injusta también daña.

No tengo dinero para pagar un abogado. No tengo casa. Vivo en la calle. Como cuando puedo. A veces siento que me quitaron la vida y que camino como un preso sin condena visible. Pero hay algo que no pudieron quitarme: la lapicera, el teclado, la palabra. No pueden impedirme expresar mi verdad.

No escribo desde la violencia. No escribo desde el odio. Escribo desde el dolor y desde el amor. Amo a mis hijos. Amo a su madre. Amo a mis nietos. Y justamente por eso escribo. Porque callar sería traicionarlos. Porque el silencio impuesto también es una forma de violencia.

Jamás quise destruir a nadie. Jamás busqué venganza. Solo quise ser escuchado. Solo quise que la verdad tenga un lugar. Si algún día intentaran prohibirme escribir, obligarme a callar o borrar mi voz, entonces ya no estaríamos hablando de justicia, sino de censura.

La verdad puede ser ignorada, postergada o negada por un tiempo. Pero no se extingue. Mientras tenga palabras, seguiré escribiendo. Porque esta es mi forma de resistir. Mi forma de amar. Mi forma de seguir vivo.



Ruben Gustavo Ayala Williams
Padre excluido – Autor y Compositor
Blog: Palabras, Solo Palabras

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Sobre la roca, volver a empezar Reflexión y oración para la reconstrucción del matrimonio

 Sobre la roca, volver a empezar

Reflexión y oración para la reconstrucción del matrimonio


“Jamás es tarde para volver a empezar cuando el fundamento es Dios.”

Mateo 7:24 nos recuerda una verdad profunda y, a veces, olvidada:

“El que oye mis palabras y las pone en práctica es semejante a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca”.

En el matrimonio, esta enseñanza no habla de perfección, sino de fundamento. No se trata de no haber fallado nunca, sino de decidir sobre qué base volver a construir cuando todo parece haberse debilitado. Hay hogares que no se caen por falta de amor, sino por haber sido levantados sobre arenas frágiles: el orgullo, el silencio, la falta de perdón, la ausencia de Dios.

Reconstruir un matrimonio exige valentía. Implica reconocer errores, aceptar heridas y, aun así, creer que es posible empezar de nuevo. La roca no es el pasado ni las promesas humanas: la roca es la Palabra viva, la verdad que sostiene incluso cuando las tormentas ya pasaron y dejaron marcas.

Hoy escribo y oro desde la soledad de quien ha sido excluido. Desde ese silencio que duele, pero que también enseña. Aun así, no renuncio a la fe. Seguiré orando por la reconstrucción de mi matrimonio, por la restauración de lo que fue quebrado, y por la gracia de volver a abrazar a mis hijos, a su madre y a mis nietos. Porque el amor verdadero no se rinde, y la esperanza que se apoya en Dios no se extingue con la distancia.

Volver a empezar no borra lo vivido, pero le da un nuevo sentido. Cuando Dios es el fundamento, el perdón deja de ser debilidad, la paciencia se vuelve fuerza y el compromiso recupera dignidad. Escuchar y practicar Su palabra transforma ruinas en cimientos.

Oración

Señor,
hoy elijo edificar de nuevo, no desde el dolor sino desde la fe.
Reconozco que hubo grietas, silencios y caídas,
pero también creo que tu verdad permanece firme.

Desde mi soledad, sigo orando.
No dejo de creer, no dejo de esperar.
Pongo en tus manos mi matrimonio, mis hijos, su madre y mis nietos.
Siembra en cada corazón lo que hoy parece imposible.

Quita de mí el rencor que debilita
y pon en su lugar humildad para pedir perdón y sabiduría para amar.
Enséñame a escuchar antes de hablar,
a sostener antes de juzgar
y a reconstruir con paciencia lo que el tiempo dañó.

Declaro que mi casa se vuelve a levantar sobre la roca,
porque jamás es tarde para volver a empezar
cuando Tú sos el fundamento.
Amén.



Ruben Gustavo Ayala Williams
Padre Excluido – Autor y Compositor
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Obra protegida – Derechos de Autor
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Palabras, Solo Palabras.


miércoles, 17 de diciembre de 2025

PARA QUE LA VERDAD NO QUEDE EN SILENCIO, EL AMOR NO SE DEBITA

 

PARA QUE LA VERDAD NO QUEDE EN SILENCIO

EL AMOR NO SE DEBITA

Cuando la obligación se cumple, pero el vínculo se niega

“Ningún niño debería aprender que el amor se mide en transferencias.”

Escrito para mi hijo, y para quien quiera escuchar con honestidad

“El amor no se mide en transferencias; se sostiene en la presencia, aun cuando esa presencia es injustamente negada.”

Cumplir con las obligaciones materiales es un deber legal.

Pero el amor, la presencia y el vínculo no se descuentan de una cuenta ni pueden ser reemplazados por un comprobante bancario.

Escribo estas palabras con un único propósito: que mi hijo, hoy o mañana, sepa que nunca dejé de hacer nada por él; que comprenda que, aun en la distancia, siempre existió de mi parte la voluntad de estar, acompañar y reparar.

Como todo ser humano, cometí errores. Pero siempre entendí que corregirlos no se limita al cumplimiento de una obligación económica. Cumplir es necesario, pero no reemplaza el diálogo, el vínculo ni la presencia emocional que todo niño necesita.

Existió un acuerdo en el ámbito judicial que asumí y cumplí. Dicho acuerdo incluía acciones orientadas al bienestar de mi hijo, entre ellas la realización de un acompañamiento terapéutico y la correspondiente comunicación de esa instancia ante la Justicia. Con el paso del tiempo, esas acciones no tuvieron el desarrollo ni el seguimiento que se había previsto, y la situación quedó envuelta en silencios que nunca fueron aclarados.

Mientras tanto, el tiempo siguió avanzando. Y cuando el tiempo pasa sin respuestas, el daño no desaparece: se profundiza.

De manera progresiva, mi lugar fue desdibujándose. De padre presente pasé a ser un padre excluido. No por una decisión personal, sino por una suma de circunstancias, versiones incompletas y falta de intervención efectiva. Muchos señalaron responsabilidades sin conocer toda la historia, cuando la verdad es simple y dolorosa: yo no me fui; fui apartado.

Este texto no busca confrontar, ni acusar, ni reabrir heridas. Busca dejar constancia. Busca que algún día mi hijo sepa que su padre no eligió la ausencia, que no dejó de intentar los caminos posibles y que sostuvo su palabra aun cuando no fue escuchado.

También es una reflexión necesaria sobre lo que ocurre cuando las instituciones no llegan a tiempo. La protección de los derechos de un niño no puede limitarse a lo económico; debe incluir el cuidado del vínculo, la salud emocional y el derecho a relacionarse con ambos padres.

La Justicia cumple un rol esencial cuando logra equilibrar la letra de la ley con la realidad humana que esa ley busca proteger. No se trata de señalar fallas ni de atribuir culpas, sino de advertir que, cuando los procesos se dilatan, se fragmentan o pierden seguimiento, el tiempo —que para un expediente es una variable técnica— para un niño es vida que no vuelve. En esos vacíos, el silencio puede transformarse, sin intención, en una forma de daño.

Reconocer esta dimensión no ofende a la Justicia: la fortalece. Porque una Justicia que escucha, revisa y repara a tiempo no solo hace cumplir obligaciones, sino que resguarda derechos esenciales, entre ellos el derecho de un niño a no perder a uno de sus padres en el camino burocrático de los conflictos adultos.

Seguiré escribiendo. No desde el rencor, sino desde la memoria. No desde la confrontación, sino desde la dignidad. Porque la palabra es el único espacio donde todavía puedo estar presente, y porque la verdad merece ser dicha con respeto, aun cuando incomoda.

Si algún día estas líneas llegan a vos, hijo mío, quiero que sepas esto: si no estuve como quise, no fue por falta de amor, ni de voluntad, ni de lucha.


Ruben Gustavo Ayala Williams
Autor y compositor · Padre excluido
Blog: Palabras, Solo Palabras

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Dirección Nacional del Derecho de Autor (DNDA)
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización del autor.



Tal vez… La forma más silenciosa de amar para siempre

 Tal vez…
La forma más silenciosa de amar para siempre


Tal vez
no tuve la suerte de quedarme contigo,
de compartir el mismo techo, pero si lo compartimos,
ni de cumplir el tiempo que soñamos.

Tuvimos un sueño
y un proyecto de vida,
construido palabra a palabra,
con fe, entrega y amor verdadero.
Pero hubo algo que lo truncó,
algo que no nació del amor,
sino de lo que rompe, divide y duele.

Aun así,
sigo sosteniendo ese mismo sueño,
aunque me falten tus manos
y camine solo entre silencios.

Hoy dejo los reproches,
dejo el orgullo a un costado,
porque el amor no se defiende atacando
ni se honra desde la soberbia.

Mi amor por ti no morirá jamás.
No entiende de distancias,
ni de ausencias, ni de finales impuestos.

Te extraño de la manera más silenciosa que existe,
Te sueño cada noche, de poder volver abrazarte,
pero te amo de la forma más eterna que conozco.
Y por siempre, por siempre, te voy a amar.

Autor:✍️ Ruben Gustavo Ayala Williams
Obra: © Palabras, Solo Palabras
Derechos de autor: Padre excluido.
Obra protegida por la Ley 11.723
Registro en la Dirección Nacional de Derecho de Autor (DNDA)
🚫 Prohibida su reproducción total o parcial
🚫 Prohibida su adaptación o difusión sin autorización
📌 Obligatorio dar crédito al autor


martes, 16 de diciembre de 2025

LA BOMBACHA DE LOS CORAZONES Memoria, amor y una Navidad en ausencia

 

LA BOMBACHA DE LOS CORAZONES

Memoria, amor y una Navidad en ausencia


Cuando mi hija Johanna Mariana era apenas una nena, había una pequeña prenda que cuidaba como un tesoro: una bombacha gris con corazones rojos. No era especial por su valor material, sino por lo que representaba. Era algo propio, íntimo, que formaba parte de su mundo infantil, de esa etapa donde todo se guarda con pudor y ternura, aunque todavía no se sepan explicar las razones.

Yo la veía crecer entre juegos, risas y descubrimientos. Siempre desde el respeto, le hacía bromas suaves, inocentes, de esas que solo existen entre un padre y su hija cuando hay confianza, cuidado y amor verdadero. Ella se sonrojaba, se tapaba, decía que no, que no quería mostrar nada. Y en ese gesto había algo hermoso: había infancia, había límites sanos, había un vínculo seguro que no necesitaba explicarse.

El tiempo pasó —como pasa siempre— y Johanna creció. Con los años entendió que aquellas bromas no eran burlas ni invasiones, sino pequeñas caricias del alma, maneras simples y torpes de decir “te amo” sin saber cómo decirlo mejor. Y un día, cuando ya era más grande, tuvo un gesto que quedó grabado para siempre en mi memoria: me regaló aquella bombacha de los corazones. No como una prenda, sino como un símbolo. Un acto de confianza, de amor limpio, de un lazo profundo entre padre e hija.

Hoy Johanna es una gran mujer. Una madraza. Fuerte, decidida, con carácter propio y una sensibilidad que aprendió a esconder para protegerse. Siempre la admiré. Yo le decía Macana, porque era intensa, distinta, impredecible. Con el tiempo comprendí que en muchas cosas nos parecemos más de lo que ella quisiera admitir. En algo esencial, somos iguales.

Ella es mi sol, aunque no me permita decírselo. Ilumina incluso desde lejos, incluso desde el silencio.

Con los años, aquella bombacha se perdió. Tal vez esté guardada en alguna caja, en algún rincón olvidado de una casa que ya no habito. No lo sé. Pero el recuerdo sigue intacto, vivo, intacto como el amor que lo sostiene.

Esta Navidad, una más en soledad desde que fui excluido del hogar, ese recuerdo volvió con fuerza. No solo como tristeza, sino como prueba de que hubo amor real, presencia, cuidado. De que fui padre. Y de que lo sigo siendo, aun en la ausencia.



“Hay recuerdos que no se guardan en cajas: viven para siempre en el corazón.”


Reflexión final

A vos, Johanna, y a mis hijos: antes de morir solo le pido a la vida una cosa sencilla y profunda. Volver a abrazarlos. Sentir su perfume. Saber que ese lazo que intentaron romper sigue intacto, porque el amor verdadero no se borra, no prescribe, no se reemplaza.

Los hijos no dejan de ser hijos porque el tiempo pase ni porque el silencio duela. Y un padre no deja de amar porque lo excluyan. El amor permanece, espera, resiste.

Hija, papá te ama. Y si todavía conservás aquel recuerdo, me gustaría volver a tenerlo cerca. No por lo que es, sino por todo lo que significa.

Porque hay cosas que pueden perderse físicamente, pero jamás se extravían del corazón. Y esos corazones rojos, aunque ya no estén, siguen latiendo en la memoria.

Ruben Gustavo Ayala Williams
Padre excluido – Autor y compositor

Obra protegida por la Ley 11.723 – DNDA

Palabras, Solo Palabras



lunes, 15 de diciembre de 2025

Un cuento de Navidad sobre la verdad, la ausencia y la esperanza Cuando el amor no se apaga, incluso en la distancia

 

Un cuento de Navidad sobre la verdad, la ausencia y la esperanza

Cuando el amor no se apaga, incluso en la distancia

La Navidad vuelve a llegar con sus luces encendidas en casas ajenas y sus villancicos sonando a lo lejos. Caminé otra vez por calles iluminadas que no eran mías, viendo mesas preparadas, risas compartidas y abrazos que se anuncian a medianoche. En cada ventana había una historia completa. En la mía, había silencio.

Soy padre. Y esta noche, como tantas otras, no estoy donde debería estar: con mis hijos, su madre y mis nietos. Mi familia.

No fue una decisión. No fue abandono. No fue desamor. Fue una injusticia que no sabe de lágrimas, que no escucha el llanto de un padre excluido y que no se pregunta si un niño extraña, si espera, si pregunta en voz baja por qué papá no viene.

La justicia no vio la mesa. No vio la silla vacía. No escuchó el plato que no se sirve. No entendió que los niños no saben de expedientes ni de resoluciones, pero sí saben de ausencias. Y cuando no se dice la verdad, la ausencia se vuelve herida.

Caminé bajo las luces navideñas con una foto gastada en el bolsillo y una verdad incómoda en el pecho. No me sacaron de una reunión: me arrancaron de la historia cotidiana de mis hijos.

Desde que me excluyeron, no volví a tener una Navidad en familia. Jamás volví a sentarme a una mesa a brindar. Y no fue porque tuviera otras mesas, sino porque esa era mi única mesa. La de siempre. La verdadera.

Esa mesa tenía pavita al horno con alguna ensalada. Tenía el vaso de frutas para el brindis. Tenía turrones, mantecol y cohetes anunciando las doce. Tenía el recuerdo de los seres queridos que ya no están con nosotros. Tenía el Nacimiento como centro y el deseo profundo de corregir nuestros errores desde el corazón y fundirlo todo en un abrazo a la medianoche.

Hoy esa mesa no está. No porque haya desaparecido, sino porque fui excluido de ella.

Desde hace seis años vivo solo. Mis luces de Navidad están apagadas. No las enciendo porque no tienen sentido sin ellos. Solo volverán a encenderse el día que pueda volver a abrazar a mi familia.

¿Y quién es mi familia? Mis hijos, su madre y mis nietos. Sin condiciones. Sin rencores. Sin nombres propios, porque el amor verdadero no necesita señalar, solo incluir.

Aun así, elijo creer. Creer que la Navidad no se rinde ante la injusticia. Creer en el espíritu de Papá Noel, no como fantasía infantil, sino como símbolo profundo: el espíritu que une lo que fue separado, que ablanda corazones endurecidos y recuerda que ningún sistema tiene derecho a romper el vínculo entre un padre y sus hijos.

Ese espíritu no juzga ni firma papeles. No separa ni castiga. Recuerda que el amor no se cancela por decreto ni prescribe por resolución judicial.

Los niños no saben de exclusión, pero sí saben de ausencia.
Y la ausencia, cuando no se explica con verdad, duele el doble.
Los niños saben de Navidad, de Navidad en familia.
Y saben cuando papá no está.

Esta Navidad no trajo milagros visibles, pero trajo una decisión: no mentir, no odiar, no rendirme. Seguir esperando. Seguir amando. Seguir creyendo.

Creo en Dios. Y con este cuento les envío mi bendición. Donde estén, como estén, los bendigo.

Por siempre los voy a amar.


Reflexión final

A los padres excluidos: no están solos, aunque así se sienta. El amor por los hijos no prescribe ni se extingue. Persistir con verdad, paz y dignidad también es una forma de estar presentes.

A los niños que aún no conocen la verdad: sepan que la ausencia no siempre es abandono. A veces es una injusticia que los adultos no supieron —o no quisieron— explicar.

Que el espíritu de esta Navidad vuelva a encender las luces apagadas, reúna las mesas vacías, sane las heridas y devuelva los abrazos que nunca debieron romperse.
Porque la paz comienza cuando se dice la verdad, el amor se sostiene aun en la distancia, y la familia sigue siendo familia, incluso cuando el tiempo intenta separarla.


Ruben Gustavo Ayala Williams
Padre excluido — Autor y Compositor
Palabras, Solo Palabras
Derechos de autor — Ley 11.723



LA VERDAD QUE TARDE O TEMPRANO DESPIERTA Cuando la mentira educa, el daño no se ve… hasta que duele

 

LA VERDAD, TARDE O TEMPRANO, DESPIERTA

Cuando la mentira educa, el daño no siempre se ve… hasta que duele

Un hijo que crece rodeado de versiones incompletas o distorsionadas puede desarrollarse confundido y emocionalmente vulnerable. Sin embargo, con el tiempo, cuando accede a una comprensión más amplia de su historia, suele reconocer quién actuó desde el amor silencioso y quién priorizó un relato antes que su bienestar emocional.

Un hijo no nace sabiendo discernir. Aprende a mirar el mundo a través de las palabras de quienes lo crían, de los relatos que escucha reiteradamente, de las verdades que se le transmiten y también de aquellas que se le omiten. Cuando la historia familiar es narrada de forma parcial o sesgada, el niño crece sin herramientas suficientes para comprender lo ocurrido en su totalidad.

Durante años puede asumir que la ausencia de uno de sus padres responde a desinterés, abandono o falta de amor, especialmente cuando esa es la única versión que recibe. Esa idea puede instalarse como una herida silenciosa. No obstante, la verdad posee una fuerza propia que, con el tiempo, suele abrirse paso.

Llega un momento —en la adolescencia o en la adultez— en que ciertos recuerdos, gestos y esfuerzos no visibles comienzan a adquirir otro sentido. Las ausencias dejan de ser interpretadas únicamente como elecciones personales y se comprenden dentro de contextos más complejos. En ese proceso, muchos hijos descubren que su dolor fue interpretado, administrado o explicado desde miradas adultas que no siempre priorizaron su derecho a conocer la verdad completa.

Ese despertar no necesariamente genera odio, sino una profunda decepción. La decepción de comprender que la verdad fue postergada cuando más necesitaba ser protegida, y que el silencio también puede convertirse en una forma de daño.

El padre excluido —aquel que intenta sostener su vínculo, su historia y el amor hacia sus hijos— no siempre lo es por falta de voluntad. Existen realidades familiares en las que el alejamiento no responde a una decisión libre, sino a circunstancias que superan al propio padre. Desde mi lugar de autor y compositor registrado en la Dirección Nacional de Derecho de Autor (DNDA), amparado por la Ley 11.723, resulta inevitable reflexionar sobre una contradicción dolorosa: los derechos vinculados a la creación intelectual encuentran protección legal, mientras que el sufrimiento emocional derivado de la exclusión parental muchas veces carece de respuestas claras y eficaces.

La justicia, concebida como garante de equilibrio, enfrenta grandes desafíos cuando se trata de conflictos familiares profundos. En esos vacíos, el dolor del padre excluido se amplifica, y los hijos quedan privados no solo de un vínculo, sino también de la posibilidad de construir su identidad sobre la base de la verdad.

Reflexión

La verdad puede resultar incómoda, pero es el único camino que protege la integridad emocional de un hijo. Mentirle no es cuidarlo: es sembrar confusión, es privarlo de la libertad de amar sin culpa y de comprender su historia con autonomía.

Un padre puede ser apartado del hogar, de la casa o de la vida cotidiana, pero cuando actúa desde el amor, la coherencia y la perseverancia, la verdad suele encontrar su camino hacia el corazón de sus hijos.

Porque la mentira puede educar el miedo,
pero la verdad —aunque tarde— libera.


Ruben Gustavo Ayala Williams
Palabras, Solo Palabras

“Pueden quitarme el techo, la casa o incluso la libertad,
pero jamás podrán borrar la verdad que llevo escrita en el alma.”

Padre Excluido
Autor y compositor registrado en la DNDA
Derechos protegidos por la Ley 11.723



domingo, 14 de diciembre de 2025

Navidad: el nacimiento que espero, Cuando la fiesta no llega al corazón y el amor resiste en soledad

 

Navidad: el nacimiento que espero

Capítulo especial de Navidad

Cuando la fiesta no llega al corazón y el amor resiste en soledad


“Pueden quitarme el techo, mi casa o incluso mi libertad; pero jamás podrán borrar la verdad que llevo escrita en el alma.”


La Navidad vuelve cada año con su promesa de alegría, mesas largas y abrazos. Para muchos es celebración; para mí, es memoria. No duele la fecha en sí, duele lo que recuerda. Duele porque existió una familia, un hogar construido con esfuerzo, risas, discusiones, acuerdos, sueños pequeños y grandes. Todo fue real. Nada fue imaginado. Y por eso, cuando falta, duele.

Hace años que no brindo. No porque haya dejado de creer, sino porque el brindis necesita miradas que se encuentren. La Navidad me encuentra en silencio, acompañado por recuerdos que nadie puede confiscar. Aprendí a pasar estas noches sin regalos que envolver, sin manos que estrechar, sosteniéndome en lo único que no pudieron arrebatarme: la palabra.

Me quitaron el techo. Me quitaron la casa. Me arrancaron la vida cotidiana con mis hijos, con la mujer con la que compartí treinta años, con mis nietos. Me empujaron a la intemperie del mundo. Pero no pudieron borrar el amor sembrado ni la verdad que cargo en el alma. Un padre excluido no deja de ser padre. Un amor verdadero no prescribe.

Muchas veces me pregunté para qué seguir viviendo cuando no se puede abrazar a quienes le dan sentido a la vida. No es deseo de morir; es cansancio del alma. Es el dolor de amar a distancia por obligación, no por elección. Es la herida de un hombre que sabe quién fue y quién es, aunque otros intenten reducirlo al silencio.

Sigo porque rendirme sería aceptar que todo lo vivido no valió la pena. Sigo porque amar nunca fue un error. Sigo porque resistir también es una forma de fe. Resisto sin volverme piedra, sin convertir el amor en rencor, sin permitir que el orgullo termine de arrasar lo que la ausencia ya lastimó.

La Navidad es el nacimiento del Niño Jesús. Es el anuncio de que la luz llega incluso en la noche más larga. Por eso, aun desde la soledad, deseo que nazca en los corazones el amor y muera el orgullo. Que nazca la memoria de lo que costó construir una familia: horas de trabajo, sacrificios, renuncias, perdones, promesas cumplidas. Nada de eso fue gratis. Todo tuvo precio.

Esta Navidad no tengo mesa, pero tengo memoria. No tengo abrazos, pero tengo palabras. Y mientras pueda escribir, seguiré existiendo. Porque pueden quitarme todo, menos la verdad que llevo escrita en el alma: amé, luché, resistí y todavía espero.



A Maximiliano, Johanna, Isaías, y a su madre:

Que estas palabras no sean reproche, sino verdad. Que recuerden lo que nos costó construir una familia. Los días largos, las noches sin dormir, las decisiones difíciles, el amor puesto una y otra vez por delante. Que recuerden que nada de eso fue casual ni fácil.

Me dejaron solo y excluido, y aun así los sigo amando. Rezo por ustedes, no desde el enojo, sino desde la esperanza. Ojalá esta Navidad nazca en sus corazones el amor y muera el orgullo. Ojalá algún día comprendan que jamás dejé de estar, aunque me hayan obligado a desaparecer.

Yo estoy muerto sin ustedes, sí; pero no muerto de odio. Muerto de ausencia. Y aun así, sigo eligiendo amar, porque el amor verdadero no se apaga cuando lo encierran afuera.

Esta es mi Navidad. Sin luces ni brindis, pero con la dignidad intacta de quien no renunció al amor.


Ruben Gustavo Ayala Williams
Padre Excluido — Autor y Compositor
Derechos reservados – Ley 11.723
Palabras, solo palabras



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