sábado, 28 de junio de 2025

Cuando los hijos se convierten en trofeos

 💔 Cuando los hijos se convierten en trofeos

(Por Rubén Gustavo Ayala Williams — Todos los derechos reservados)

Hay algo más cruel que el abandono: la exclusión forzada.
Y hay un dolor más hondo que el de perder un amor:
el de ser testigo de cómo ese amor usa a tus hijos como armas de guerra.

Después de una separación, el conflicto muchas veces no termina: muta.
Ya no hay discusiones por los horarios, por el dinero, por los celos.
Ahora la batalla se traslada a otro campo…
el de los hijos.

Y en ese campo, algunos convierten a los niños en trofeos:
trofeos de una supuesta victoria emocional,
trofeos del ego herido,
trofeos que brillan en la superficie… pero que sangran por dentro.

No hablo desde la teoría.
Lo digo como padre.
Como hombre que dio todo por su familia,
que trabajó, que aguantó, que amó.
Que a veces se equivocó, sí —porque también somos humanos—
pero que jamás dejó de querer ser padre.

Y sin embargo, un día la Justicia me puso del otro lado de la puerta.
No por maltrato, no por abandono.
Sino por esas denuncias que algunos llaman “estratégicas”
y que, en nombre de la protección, terminan siendo castigos.

¿Y los hijos?
Los hijos crecen sin respuestas.
Los hijos absorben lo que se les dice, lo que se les oculta,
lo que se les inocula en silencio:
el desprecio hacia un padre presente al que se le niega el derecho a amar.

Muchas veces me pregunté:
¿Por qué algunas madres hacen eso?
¿Por qué usan a sus hijos como armas contra quien alguna vez fue su compañero?
¿Por qué los convierten en botín de guerra?
¿Para castigar? ¿Para controlar? ¿Por miedo? ¿Por ego?

Tal vez haya muchas respuestas.
O tal vez no haya ninguna que justifique semejante herida.

Porque cuando una madre aleja a un hijo de su padre por venganza,
no está protegiendo: está dañando.
Y no al padre, no solamente.
Está dañando al hijo.
Está borrándole parte de su historia.
Está sembrando rencores que tardarán años en sanar.

Ser padre no es un premio que se otorga:
es un vínculo que se construye.
Y negar ese vínculo no es justicia: es venganza disfrazada de cuidado.

No estoy solo. Lo sé.
Conozco a muchos hombres que han vivido lo mismo.
Padres que no pueden abrazar a sus hijos.
Padres que los aman en silencio.
Padres que no se rinden, aunque la ley los borre, aunque el sistema no los escuche.
Padres que siguen esperando una llamada, un perdón, un reencuentro.

Este texto no es un reproche.
Es un grito.
Es un llamado a la conciencia.
Es una mano extendida a todos esos hijos que tal vez un día se pregunten:
"¿Dónde estaba mi papá?"

Y puedan escuchar esta respuesta:
“Siempre estuve.
Aunque me cerraran la puerta.
Aunque me arrancaran del calendario.
Aunque me juzgaran sin escucharme.
Siempre estuve.
Esperando, amando, resistiendo.
Porque un padre de verdad no abandona: lo abandonan.”


📌 Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización del autor.
Publicado en el blog
 Palabras, Solo Palabras
✍️ Rubén Gustavo Ayala Williams
🕊️ Jamás es tarde para volver a empezar de nuevo





viernes, 27 de junio de 2025

El odio es el duelo que no se hizo

El odio es el duelo que no se hizo

Por Ruben Gustavo Ayala Williams

He aprendido, con el tiempo y con lágrimas, que el odio no es más que un duelo que quedó atrapado. Un dolor que no encontró palabras. Un grito que se hizo piedra. No es simplemente enojo ni bronca acumulada. Es el eco de una herida que jamás se cerró, de una pérdida que no se lloró, de un amor que no tuvo despedida, o de una traición que se guardó bajo llave.

Durante años caminé llevando en mi alma sombras que no entendía. Rencores que se disfrazaban de justicia. Ira que creía necesaria para seguir de pie. Pero en el fondo, era duelo. Era dolor mal digerido. Era la tristeza disfrazada de furia, la impotencia camuflada de fortaleza. Miraba el mundo con los ojos de quien no termina de despedirse, como quien aún espera que todo vuelva a ser como antes.

El odio, lo comprendí después, es un modo desesperado del alma de pedir auxilio. No es nuestro enemigo, sino una alerta, una señal. Una invitación —incómoda, cruda, pero necesaria— a detenernos, mirar hacia dentro y preguntarnos qué parte de nuestra historia quedó sin cerrar.

Negar el duelo es negar una parte de nuestra humanidad. En una sociedad que nos empuja a seguir adelante, a no detenernos, a no mostrarnos vulnerables, el duelo parece un lujo. Pero es una necesidad vital. El duelo nos permite honrar lo perdido, darle lugar al vacío, y sobre todo, integrar el dolor en lugar de combatirlo. Cuando no lo hacemos, ese dolor busca otras formas de expresarse, y a veces, se convierte en odio.

El duelo no es solo lágrimas ni tristeza. Es la capacidad de abrazar la ausencia, de mirar el pasado con amor y sin rencor. Es aceptar lo que fue, sin idealizar ni negar. Es tener el coraje de no escapar de uno mismo. Y eso, en estos tiempos, es un acto de profunda valentía.

A veces, ese duelo no elaborado no solo daña a quien lo lleva dentro, sino también a quienes lo rodean. Porque muchas veces, y con dolor, vemos cómo madres —tras una separación— confunden su dolor con su rol, y sin querer, terminan condicionando a sus hijos más pequeños para que rechacen o cuestionen la relación con sus padres. No lo hacen por maldad, sino por no haber sanado. Por no haber podido soltar.

Y así, el rencor se transmite. Se hereda. Se convierte en una mochila emocional que los hijos no deberían cargar.

Desde mi experiencia como padre, como ciudadano y como hombre que cree en el amor por encima del conflicto, quiero alzar la voz con respeto pero con firmeza. Porque son muchos los padres separados que desean vincularse con sus hijos y encuentran obstáculos emocionales, judiciales o sociales que se lo impiden. Padres que aman, que cuidan, que quieren estar presentes, pero a quienes se les cierran las puertas.

Mi mensaje es para la Justicia, pero también para toda la sociedad:
No olvidemos que los hijos tienen derecho a ser amados libremente por ambos padres. Que ningún conflicto de adultos debería interferir en ese vínculo vital. Que cuando un padre quiere estar, ser, acompañar, no se le debe negar ese derecho, porque también es el derecho del niño.

El verdadero bienestar infantil no se construye desde el castigo o la revancha, sino desde el equilibrio, la empatía y la verdad. Sanar no es solo un acto de amor propio: también es una responsabilidad con quienes vienen detrás. Porque lo que no curamos, lo repetimos. Y lo que no transformamos, lo transmitimos.

Hoy sé que el odio que alguna vez sentí era mi alma pidiendo ayuda. Y que solo cuando me animé a hacer ese duelo —a vivirlo, a llorarlo, a soltarlo— pude empezar a sentir alivio. A perdonar. A liberarme. A ser más yo.

Comparto estas palabras porque sé que no soy el único. Muchos caminan cargando odios que en realidad son duelos no hechos. A todos ellos les digo: no tengan miedo de sentir. No teman hablar. No teman buscar ayuda. Porque solo atravesando el duelo podremos reencontrarnos con la paz que nuestro corazón tanto anhela.


Texto original protegido por la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual. Todos los derechos reservados a Ruben Gustavo Ayala Williams. 




jueves, 26 de junio de 2025

Jamás es tarde para volver a empezar de nuevo

 

Jamás es tarde para volver a empezar de nuevo

Vivimos en un mundo que nos empuja a correr sin pausa, como si la vida fuera una carrera que sólo ganan los que nunca se detienen.
Buscamos más: más tiempo, más amor, más reconocimiento, más libertad, más juventud, más respuestas.
Y en esa búsqueda constante, muchas veces nos perdemos de lo más valioso: el ahora, el instante en que todo puede cambiar.

Quizás te sientas así:

Estás solo y te pesa el silencio.
Estás en compañía y sentís que te falta aire.
Trabajás sin parar y el tiempo no alcanza.
O tenés tiempo de sobra y no sabés en qué usarlo.
Sos joven y querés crecer rápido.
O sos adulto y deseás volver atrás.
Soñás con irte de donde estás…
…o con volver a ese lugar que un día llamaste hogar.

Todos, de algún modo, estamos buscando algo.
Pero en esa búsqueda, olvidamos mirar lo que ya tenemos.
Olvidamos que la felicidad no está en otro lado, ni en otro tiempo.
La felicidad puede estar hoy, aquí, si somos capaces de abrir los ojos y el corazón.

Yo sé de errores.
Sé de caídas.
Sé lo que es perderse, lo que es dudar, lo que es sentir que uno no tiene lugar.
Pero también sé lo que es amar profundamente.
Y lucho cada día por ese amor: por mis hijos, por mis nietos, por la madre de mis hijos, por el hogar que supimos construir.
Porque sé que aunque la vida nos golpee, el amor verdadero no se borra, no se rinde y no se olvida.

Jamás es tarde para volver a empezar.

No importa cuántas veces nos hayamos lastimado, cuántas palabras no dijimos, cuántos abrazos quedaron pendientes.
Siempre se puede empezar de nuevo.
Siempre se puede tender la mano, decir “te extraño”, “perdoname”, “estoy acá”.
El pasado no se puede cambiar, pero el futuro todavía está en nuestras manos.

Y si estás leyendo esto, quizás sea una señal.
Quizás, en algún rincón de tu alma, sientas que aún hay algo por sanar.
Algo por reconstruir.
Y sí: se puede.
Podemos volver a hablar. Volver a mirarnos. Volver a abrazarnos.

Volver a ser familia.

No importa el tiempo que haya pasado.
No importa quién tenga razón o cuántas veces nos equivocamos.
Importa el amor.
Importa el deseo profundo de reencontrarse.

No sos lo que te pasó. Sos lo que elegís ser hoy.
Y si elegís volver a empezar, vas a encontrar del otro lado un corazón que también espera.
Que también sueña.
Que también necesita.

Porque yo sigo acá.
Con errores, sí. Con cicatrices, también.
Pero con el amor intacto.
Con los brazos abiertos.

Y con la certeza de que nunca es tarde para volver a empezar.


Texto protegido bajo la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual (Argentina).
Queda prohibida su reproducción total o parcial sin la debida autorización del autor.

© Rubén Gustavo Ayala Williams



¡FELICITACIONES, RIVER QUERIDO!

 ¡FELICITACIONES, RIVER QUERIDO!

Quiero felicitar a mi querido Club Atlético River Plate por su participación en el Mundial de Clubes 2025.
Aunque esta vez el objetivo final no se haya alcanzado, el amor que siento por estos colores es inquebrantable y va mucho más allá de un resultado.
¡Hoy más que nunca me siento orgulloso de ser hincha del más grande!

River es historia, es pasión, es entrega total.
Es el club que me enseñó que en la cancha —como en la vida— se gana, se pierde y se empata, pero nunca se abandona.
Porque River es mucho más que fútbol: es familia, es barrio, es la tribuna que vibra y es amor puro que atraviesa generaciones.

⚽💪 De Núñez al mundo, River ha dejado su huella con honor y coraje.
Quiero agradecer profundamente a los jugadores, al cuerpo técnico y a los dirigentes que nos representaron con dignidad, esfuerzo y humildad en la competencia más importante a nivel de clubes.

🌎🏆 A vos, River, que llevaste la banda roja al escenario más prestigioso del planeta, te digo:
¡GRACIAS POR TANTO!
Gracias por darnos alegrías, por enseñarnos a soñar y por recordarnos que no importa la distancia ni los obstáculos, el sentimiento es siempre el mismo.

Vayas a donde vayas, siempre te voy a alentar.
Porque el amor por River no se negocia, no se vende y nunca se rinde.

🔴⚪ River Plate, un sentimiento que se lleva en el alma. ⚪🔴

Rubén Gustavo Ayala Williams



miércoles, 25 de junio de 2025

Cuando arreglas a la familia, arreglas el mundo

 

Cuando arreglas a la familia, arreglas el mundo

Un niño de siete años entró al escritorio de su padre con una inocente sonrisa en el rostro y le dijo que quería ayudarlo. Pero su padre, agobiado por el trabajo, con la cabeza entre papeles y responsabilidades, le contestó sin mucha delicadeza:

— Anda a jugar a otro lado, no me molestes.

El niño no se movió. Seguía allí, esperando. Entonces el padre pensó que si lograba mantenerlo ocupado, podría seguir concentrado en sus cosas. Tomó una vieja revista, arrancó una página que contenía el mapa del mundo y, con una tijera, la recortó en muchos pedacitos. Le entregó los trozos junto a una cinta adhesiva y le dijo:

— Como te gustan los rompecabezas, te doy el mundo para que lo repares sin mi ayuda.

Seguro estaba que a su edad el niño tardaría días, tal vez semanas en completar semejante tarea. Confiado, se sumergió otra vez en su trabajo.

Pero para su asombro, a las pocas horas escuchó una vocecita que decía con alegría:

— ¡Papá, papá, ya lo terminé!

El padre, incrédulo y un poco sorprendido, levantó la cabeza. Allí estaba el mapa perfectamente armado, con todos los continentes y los mares en su lugar.

— ¿Cómo es posible que hayas hecho esto tan rápido? Tú nunca viste un mapa del mundo —le preguntó.

— Papá, es que cuando arrancaste la hoja de la revista para dármela, vi que del otro lado estaba el dibujo de una familia. Como yo sé bien cómo es una familia, di vuelta los pedacitos y comencé a armarla. Cuando terminé de armar a la familia, el mundo se armó solo.


Reflexión

A veces creemos que los problemas del mundo son demasiado grandes, que todo es caos y que nosotros, como individuos, poco podemos hacer para cambiarlos. Sin embargo, este relato nos deja una enseñanza sencilla y poderosa:

Cuando arreglamos a la familia, también ayudamos a arreglar el mundo.

La familia es la primera escuela donde aprendemos a amar, a comprender, a escuchar y a perdonar. Es el lugar donde se forjan los valores que luego llevamos a la sociedad. Un hogar lleno de afecto, respeto y solidaridad es una semilla que inevitablemente germinará fuera de sus cuatro paredes.

Los cambios más profundos no empiezan en los discursos grandilocuentes, en las decisiones globales o en los titulares de los diarios, sino en las relaciones cotidianas que construimos cada día.

Arreglar el mundo es una tarea que nos queda grande a muchos. Pero cuando comenzamos por lo cercano —nosotros mismos, nuestro hogar, los que amamos—, descubrimos que no solo es posible, sino que es el mejor punto de partida.

Hoy es un buen momento para preguntarnos: ¿Qué puedo hacer para que mi familia sea un lugar más unido, más amable, más humano?
Si cuidamos aquello que tenemos más cerca, tal vez el mundo entero comience a parecerse a ese mapa que el niño, con ternura y sabiduría, nos enseñó a recomponer.


“Cuando arreglé a mi familia, se arregló el mundo.”
Esta es la gran lección que nos deja esta sencilla historia para llevarnos en el corazón.

© 2025 Gustavo Williams – Todos los derechos reservados.
Este texto es propiedad intelectual del autor y está protegido por la Ley 11.723.
Queda prohibida su reproducción total o parcial sin autorización expresa.




martes, 24 de junio de 2025

Alguna vez Dios escuchó tus oraciones?

 

¿Alguna vez Dios escuchó tus oraciones?

A vos te hablo.
A vos que más de una vez levantaste la vista al cielo, esperando que una señal cayera como lluvia en medio de tus días más oscuros.
A vos que oraste en silencio, entre lágrimas, deseando que Dios pudiera leer el temblor de tu alma, aquello que ni vos sabías cómo poner en palabras.

¿Alguna vez te preguntaste si Él realmente escucha?
Yo también.

Recuerdo una noche en particular.
Estaba solo, entre la penumbra del cuarto y el peso inmenso del silencio.
Había sido un día duro, de esos que te rompen por dentro y dejan la fe colgando de un hilo.
Me arrodillé y, con la voz quebrada, pregunté:

—¿Me estás oyendo, Dios? ¿Ves por lo que estoy pasando?

No hubo truenos. No se abrió el cielo. Ningún ángel bajó a consolarme.
Pero con el paso de las horas, comprendí algo que marcó mi vida:
Dios escucha. Pero responde a su manera.

“Los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a su clamor.”
Salmos 34:15 (RVR1960)

A veces responde con la luz tibia del sol que entra por la ventana.
Otras veces, con una palabra justa en el momento exacto.
Con un abrazo que llega sin aviso.
Con la fuerza que te sostiene cuando ya no podés más.

No siempre como esperamos.
Pero siempre como lo necesitamos.
Porque Dios responde desde su sabiduría y su amor eterno.

Y sin embargo…
Hoy me atrevo a ir un poco más allá.
Porque no se trata solo de si Él escucha.
También es momento de preguntarnos nosotros:

¿Realmente somos sus hijos?
¿Vivimos como tales?
¿O solo lo decimos con los labios mientras nuestro corazón está lejos?

Muchos oran. Muchos cantan. Muchos alaban.
Van a misa, a la iglesia, hacen peregrinaciones, se bautizan, predican...
Y está bien. Pero luego, afuera, maltratan, desprecian, rechazan, traicionan.
Juzgan sin misericordia. Condenan con facilidad.
Y hasta son capaces de dejar a alguien en la calle sin compasión.

¿Eso es vivir el Evangelio?
¿Eso es ser cristiano?
¿Eso es ser hijo de Dios?

“Así que, por sus frutos los conoceréis.”
Mateo 7:20 (RVR1960)

El verdadero cristiano no se mide por cuántas veces ora en voz alta,
sino por cuántas veces eligió el perdón, el respeto, la humildad.
No por cuánto canta en el templo,
sino por cuánto amor siembra en su casa, en su barrio, en su entorno.

¿De qué sirve arrodillarse en el altar si después pasás por encima de tu hermano?
¿De qué sirve levantar las manos si no podés extenderlas para ayudar?
¿De qué sirve clamar a Dios si no sos capaz de perdonar como Él perdona?

“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad.”
1 Juan 1:9 (RVR1960)

“Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos como Dios también os perdonó.”
Efesios 4:32 (RVR1960)

No se trata de religiosidad.
Se trata de transformación.
De vivir lo que se predica.
De llevar el Evangelio a la vida cotidiana.
En la forma de tratar al otro.
En cómo respondés al que te hiere.
En cómo actuás cuando nadie te ve.

Una vez vi a una persona arrodillada orando.
No pregunté por qué lo hacía.
Después compartimos buenos momentos. Hoy estamos lejos.
Esa imagen quedó grabada en mí.
Porque entendí que una oración puede ser sincera…
pero si no transforma tu vida, se queda a mitad de camino.

No es tarde para cambiar.
No es tarde para volver a Dios con sinceridad.
No es tarde para perdonar, para pedir perdón… y para volver a empezar.

Porque jamás es tarde para Volver a Empezar de Nuevo.

Y tal vez… este mensaje sea para vos.
O tal vez para alguien que conozcas.
Pero si tocó tu corazón, no lo ignores.
Reflexioná.
Llorá si hace falta.
Y volvé a empezar. Con fe. Con humildad. Con verdad.


Palabras, Solo Palabras
Todos los derechos reservados.
Ley 11.723



lunes, 23 de junio de 2025

Justicia Divina y Esperanza Eterna

 

Justicia Divina y Esperanza Eterna

Cuando todo se cae, la Palabra permanece

📖 Isaías 13:11 – Marcos 13:31

Hay pasajes en la Biblia que no son solo letras sobre papel: son verdad viva. Son refugio, juicio y promesa. Isaías 13:11 dice:

“Castigaré al mundo por su maldad,
y a los impíos por su iniquidad;
haré que cese la arrogancia de los soberbios
y humillaré la altivez de los tiranos.”

Vivimos en un tiempo donde muchos se creen impunes. Donde el poder aplasta al inocente y la soberbia se disfraza de autoridad. Pero Dios no es indiferente. Él ve lo que otros ignoran. Él escucha los llantos que no hacen ruido.

Yo, Rubén Gustavo Ayala Williams, lo viví en carne propia.
Fui padre separado, excluido de mi hogar sin voz ni defensa. Viví en la calle, solo, con frío, hambre y el alma hecha pedazos. Fui juzgado por mi pasado, señalado por errores, por enfermedades que no entendía y que nadie quiso comprender.

Pero ahí, entre el polvo y la oscuridad, Dios me habló a través de su Palabra.
No me prometió venganza, sino justicia.
No me dio un castigo, me dio una nueva oportunidad.
No me gritó, me susurró: “No estás solo, hijo.”

Y fue entonces cuando recordé esa otra promesa, la de Marcos 13:31:

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.”

Todo puede derrumbarse: familias, hogares, trabajos, reputaciones.
Pero la Palabra de Dios es como una roca bajo los pies temblorosos.
Hoy estoy en pie. No porque me levantó el mundo, sino porque me levantó Él.

Esta reflexión es para vos, que estás en medio del dolor, la confusión o la injusticia.
No te rindas. Aunque no lo veas, Dios sigue escribiendo tu historia.


🙏 Oración de Esperanza y Justicia

Señor Dios de los humildes y quebrantados,
hoy me presento ante Ti con el corazón en la mano.
Tú conoces mi historia, mis caídas, mis noches sin techo ni consuelo,
Tú viste cuando me arrancaron lo que más amaba.
Y aun así, no me dejaste.

Te doy gracias porque tus juicios son verdaderos,
porque humillas la altivez del tirano,
y das valor al que fue despreciado.
Porque cuando todos me soltaron,
Tus palabras me abrazaron.

Haz que cese la soberbia del mundo,
y que en su lugar florezca la compasión.
Sana las heridas del alma,
reconstruye lo que el dolor destruyó,
y devuélveme el gozo de vivir en tu presencia.

No permitas que olvide que tu Palabra nunca pasa,
aunque todo lo demás se derrumbe.
Sigo de pie, Señor,
porque Tú no te fuiste cuando todos se fueron.

Amén.


✍️ Rubén Gustavo Ayala Williams
📌 Todos los derechos reservados – Ley 11.723
🕊️ Testimonio de vida – “Volver a Empezar de Nuevo”
📚 Publicado en el blog: Palabras, Solo Palabras





domingo, 22 de junio de 2025

De pie y con dignidad: jamás es tarde para volver a empezar de nuevo

 

De pie y con dignidad: jamás es tarde para volver a empezar de nuevo

Después de años de oscuridad, enfermedad y juicio social, hoy vuelvo a hablarle al mundo desde la recuperación, la fe y la convicción profunda de que aún tengo derecho a amar, a reconstruir y a reclamar lo que me pertenece. No busco revancha: busco justicia. No vuelvo desde el rencor, sino desde la esperanza.


Volver a empezar de nuevo: mi testimonio de pie, con dignidad y con Dios

Durante mucho tiempo estuve tirado.
Caído.
Perdido entre el dolor, la culpa, los errores, y también entre enfermedades que no comprendía.
Fui un hombre que caminaba a oscuras, buscando sin encontrar, herido por dentro y juzgado por fuera.
Fui alcohólico.
Fui inestable.
Fui alguien que no sabía cuánto daño podía causarse a sí mismo.
Pero jamás fui una mala persona.

Y hoy, frente al mundo, con la frente en alto y el corazón limpio, puedo decir que ya no soy ese hombre.
Estoy de pie.
No por milagro ni por suerte: estoy de pie porque Dios me sostuvo cuando ni yo mismo creía que valía la pena.
Y porque un día decidí, con todo el dolor y el coraje que eso implica, volver a empezar de nuevo.

No es fácil volver cuando muchos aún te miran con los ojos del pasado.
Cuando algunos, que un día te conocieron débil, hoy bajan la mirada o cruzan de vereda, como si fueras una vergüenza.
Pero no me avergüenzo de haber tocado fondo, porque desde ahí empecé a reconstruirme.
Y no le debo explicaciones a quienes sólo conocen una parte de mi historia: la caída.
Porque también tengo derecho a contar la otra parte: la lucha, la recuperación, la fe, el amor que no se rinde.

No busco revancha. No quiero venganza.
Lo que busco es justicia.
Lo que reclamo es lo que me pertenece: el derecho a recuperar mi hogar, a volver a ver a mis hijos y nietos, a reconstruir, desde el respeto, lo que una vez soñé y construí con el esfuerzo de toda una vida.

Hubo una mujer, madre de mis hijos, que aprovechó mis momentos más difíciles para apartarme de mi familia y quedarse con lo que juntos habíamos levantado. No la odio. No la juzgo.
Solo quiero que se reconozca que yo también tengo derechos.
Que fui padre presente, que trabajé, que entregué mi salud para que ese hogar existiera.
Y hoy, como hombre en recuperación, en paz, sin violencia, me propongo seguir todos los caminos legales para recuperar lo que me corresponde.

Porque merezco volver a ver crecer a mis nietos.
Merezco volver a mirar a mis hijos a los ojos sin que un pasado distorsionado se interponga entre nosotros.
Merezco vivir en la casa que ayudé a construir con mis propias manos.

Hoy ya no soy el hombre que cayó. Soy el hombre que se levantó.
Con cicatrices, sí. Pero también con convicciones, con fe, con amor.

A quienes aún me señalan, les digo: no me juzguen por lo que fui.
Mírenme por lo que hoy soy.
Y si no pueden, los perdono igual.
Porque no cargo rencores. Cargo esperanza.

Doy gracias a Dios, a la vida y a mí mismo por no rendirme.
Porque si algo aprendí en este camino es que jamás es tarde para volver a empezar de nuevo.


Por Rubén Gustavo Ayala Williams
Blog “Palabras, Solo Palabras”
Todos los derechos reservados ©
Queda prohibida su reproducción total o parcial sin autorización del autor.
Protegido por Ley N.º 11.723 de Propiedad Intelectual (Argentina).




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