sábado, 25 de abril de 2026

CUANDO EL ALMA DESPIERTA Y EL TIEMPO SE VUELVE VERDAD: MI ALMA TIENE PRISA

CUANDO EL ALMA DESPIERTA Y EL TIEMPO SE VUELVE VERDAD



“Aunque la distancia duela y el silencio pese… el amor verdadero no desaparece, se transforma y espera.”


MI ALMA TIENE PRISA

Cuento mis años y descubro que tengo menos tiempo por delante que el que ya he vivido.

Me siento como aquel niño que recibió un paquete de caramelos: los primeros los disfrutó sin pensar, pero al notar que quedaban pocos, comenzó a saborearlos con una intensidad distinta… más consciente, más profunda.

Hoy entiendo que mi tiempo es valioso.

Ya no tengo lugar para reuniones vacías, para discusiones sin sentido, ni para vínculos que no construyen. Tampoco para quienes, con el paso de los años, no han aprendido a crecer.

Mi alma tiene prisa.
Prisa por lo verdadero.
Prisa por lo simple.
Prisa por lo esencial.

Quiero rodearme de personas humanas, profundamente humanas.
De aquellas que reconocen sus errores sin perder la sonrisa.
Que celebran sin soberbia.
Que asumen sus responsabilidades con dignidad.
Que eligen la verdad, incluso cuando cuesta.

Porque comprendí que es en lo esencial donde la vida encuentra su verdadero sentido.

He vivido lo hermoso y lo difícil.
Las pérdidas que marcan… y los triunfos que enseñan.
Me desafié a mí mismo más de una vez.
Cometí errores, sí… pero también supe construir aciertos.

Siempre busqué lo mejor para mi familia.
Y aunque hoy la distancia nos atraviese, el amor que siento permanece intacto.

Porque el amor, cuando es sincero, no desaparece.


Tuve sueños y los cumplí.
Algunos quedaron pendientes… pero jamás me rindo.

Quisiera poder volver a abrazar a la madre de mis hijos y decirle que, a pesar de todo lo que nos pasó, la sigo amando.
Que los dos fallamos… pero que todavía estamos a tiempo de curar.
De volver a casa.
A esos domingos en familia.
A la vida.

Podemos hacerlo.

Mi meta es llegar al final en paz, conmigo mismo, con mi conciencia… y con el amor que aún tenga cerca.

Tenemos dos vidas… y la segunda comienza cuando entendemos que sólo tenemos una.

Hoy soy un padre excluido de su hogar… olvidado por quienes más amo.
Pero incluso así… elijo no rendirme.

Porque mi alma —aunque herida—
todavía tiene prisa por vivir.


Reflexión final

La vida no siempre transcurre como la planeamos, pero siempre ofrece la oportunidad de resignificar, de aprender y de volver a empezar desde un lugar más consciente.
El amor verdadero no se impone ni desaparece: permanece, evoluciona y, cuando es genuino, siempre encuentra una forma de seguir vivo.


Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre excluido de su hogar – Autor y Compositor
Palabras, solo palabras

Palabras, solo palabras: relatos de mi vida marcados por el amor, la lucha y la esperanza, contados palabra por palabra.

“Podrán quitarme mi hogar y la justicia no atenderme, pero jamás podrán borrar la verdad que llevo escrita en mi alma.”


Registrada conforme a la Ley 11.723 – DNDA – República Argentina
Expedientes:
• EX-2025-55455694 – APN-DDRNEES#MCH (Obra literaria)
• EX-2024-89059752 – APN-DNDA#MJ (Obra musical)



jueves, 23 de abril de 2026

DE PIE, COMO SIEMPRE — JAMÁS PODRÁN BORRARME: Cuando perderlo todo no te quita la verdad

DE PIE, COMO SIEMPRE — JAMÁS PODRÁN BORRARME

Cuando perderlo todo no te quita la verdad

“Cuando las circunstancias me dejaron sin hogar y sin voz, descubrí que la verdad que sostengo y la decisión de seguir de pie son lo único que nadie puede arrebatar.”


Así me sentía el día en que la justicia me excluyó de mi hogar por decisión de la madre de mis hijos.

Hay historias que no nacen para ser contadas, sino para ser sobrevividas. Esta es una de ellas.

Durante un tiempo que no se mide en días sino en heridas, me encontré fuera de lo que alguna vez llamé hogar. No fue solo la pérdida de un techo: fue el quiebre de vínculos, el silencio de quienes antes estaban, y la sensación de quedar al margen de una vida que creía segura. En ese proceso, también quedaron atravesadas mis relaciones más importantes, incluso con mis hijos, en un contexto donde muchas veces no tuve voz ni espacio para explicar mi verdad.

La calle no es solo un lugar físico. Es un estado de intemperie constante. Es aprender a resistir con lo mínimo, a convivir con el frío, con la incertidumbre y con la mirada ajena que muchas veces no comprende. Es también enfrentarse a uno mismo: a los propios límites, al dolor emocional y a decisiones difíciles. Hubo momentos de caída, de confusión, incluso de escapismo. Pero también hubo algo que no se quebró: la voluntad de seguir.

No se trata de señalar culpables ni de instalar rencor. Se trata de dejar registro. Porque cuando las circunstancias superan a la persona, lo único que queda intacto es la verdad que uno sostiene por dentro. Y esa verdad, aunque no siempre sea escuchada, tiene valor.

Con el tiempo, entendí que resistir no era suficiente. Había que reconstruirse. Empezar de nuevo no significa olvidar lo vivido, sino integrarlo. Fue en la escritura donde encontré una forma de ordenar lo que parecía imposible de explicar. Escribir no borró el pasado, pero me permitió darle sentido. Transformar el dolor en palabra fue, en muchos sentidos, una forma de recuperar dignidad.

Este mensaje no busca lástima. Busca ser leído con honestidad. Porque detrás de cada persona que atraviesa una situación de exclusión hay una historia compleja, muchas veces silenciada. Y también porque, aunque hoy mis hijos quizás no tengan todas las respuestas, confío en que algún día podrán leer, comprender y, si lo sienten, animarse a construir su propia voz.


Reflexión para quienes hoy están en la calle

Si estás atravesando un momento así, donde todo parece haberse derrumbado, es importante decir algo con claridad: tu valor no desaparece con tu situación. Aun en condiciones extremas, hay decisiones pequeñas que sostienen: levantarse, intentar, no rendirse del todo. No siempre habrá ayuda inmediata, ni respuestas rápidas, pero eso no invalida tu proceso.

Buscar una forma de expresarte —sea escribir, hablar o simplemente pensar con claridad— puede ser un primer paso para no perderte en el ruido. Y aunque el entorno no acompañe, mantener un mínimo de dirección interna puede marcar la diferencia. Salir no es sencillo, pero es posible construir un camino, incluso desde lo más bajo. Salir adelante depende de ti.


Sobre esta obra

“Palabras, solo palabras: relatos de mi vida marcados por el amor, la lucha y la esperanza, contados palabra por palabra.”
Este texto forma parte de una experiencia real, narrada desde la necesidad de dejar constancia y abrir una puerta a la reflexión.


Autor
Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre excluido de su hogar
Autor y compositor


Cierre del autor
“Podrán quitarme el hogar, pero jamás podrán borrar la verdad que llevo escrita en el alma.”


Derechos y registro
Registrada conforme a la Ley 11.723 – República Argentina
Dirección Nacional del Derecho de Autor (DNDA)

Expedientes:
• EX-2025-55455694 – APN-DDRNEES#MCH (Obra literaria)
• EX-2024-89059752 – APN-DNDA#MJ (Obra musical)

© Todos los derechos reservados.



martes, 21 de abril de 2026

Cuando el silencio de los hijos pesa más que cualquier ausencia

Cuando el silencio de los hijos pesa más que cualquier ausencia

Hay distancias que no se miden en kilómetros, sino en lo que nunca vuelve a decirse.

Hay abandonos que no hacen ruido… pero destruyen igual.

Es doloroso descubrir que, a veces, las palabras no alcanzan. Que el “perdón” queda suspendido en el aire, sin encontrar dónde apoyarse, y que el abrazo —ese gesto simple y profundamente humano— se vuelve lejano, casi imposible.

Porque hay distancias que no se miden en kilómetros, sino en silencios. Silencios que pesan más que todo lo que no se dijo. Silencios que enfrían, que separan, que transforman la cercanía en una forma lenta de ausencia.

Duele ver cómo el ego se levanta como un muro, cómo el orgullo se endurece hasta volverse distancia, cómo el rencor ocupa el lugar donde antes había cariño. Pero duele distinto cuando esos muros no vienen de extraños, sino de los propios hijos.

Porque un padre no se prepara para perder a sus hijos en vida. Se prepara para cuidarlos, para sostenerlos, para estar… siempre.

Y, sin embargo, hay momentos en los que estar no alcanza, en los que amar no es suficiente, en los que darlo todo no garantiza ser recordado.

Entonces queda ese espacio vacío, ese lugar donde habita un padre con las manos abiertas, sabiendo que nadie las va a tomar, con el gesto intacto pero sin respuesta. Eso también es abandono. Y duele más que cualquier palabra.

Hay dolores que no se lloran: se soportan. Se instalan en lo cotidiano, se vuelven parte del aire, y rompen en silencio, día a día. No gritan, pero arrasan por dentro.

No siempre el arrepentimiento llega a tiempo. No siempre reconocer errores alcanza para reconstruir lo perdido. A veces, querer caminar juntos no basta si el otro decide quedarse quieto o avanzar en dirección contraria.

Y aun así, hay algo que no desaparece: el amor de un padre no se cancela, no se negocia, no se apaga. Sigue estando, aunque no sea visto, aunque no sea buscado, aunque no sea abrazado.

Un padre puede darlo todo… y aun así quedarse esperando un abrazo que nunca llega.

Esto no es un reproche. Es una verdad que pesa. Porque olvidar a quien estuvo no es un acto pequeño: es una decisión, y toda decisión deja marcas, incluso en quien cree no sentirlas.

El tiempo pasa, las excusas cambian, la vida sigue. Pero hay algo que no se borra: la conciencia. Esa que aparece cuando el ruido se apaga, cuando la vida golpea, cuando ya no hay a quién culpar. Porque el corazón puede intentar callar… pero la memoria siempre encuentra la forma de recordar.

A pesar del dolor, elijo no convertirme en lo que me lastimó. Elijo no endurecer el alma. Elijo seguir siendo padre, incluso en la distancia. Porque hay algo que ningún silencio puede borrar: el amor que fue verdadero.

Y si algún día ese silencio se rompe, si el orgullo cede, si la vida obliga a mirar hacia atrás, no será el tiempo lo que más duela. Será entender que hubo un padre esperando, que hubo amor disponible, que hubo manos abiertas que nunca dejaron de estar.

Y que mientras ese abrazo no llegaba… la vida pasó. Y ese tiempo no se guarda, no se repite, no vuelve.

Seguir amando cuando no hay respuesta no es debilidad: es carácter. No es aferrarse al dolor, es sostener la verdad de lo que uno fue y sigue siendo. Porque hay pérdidas que no dependen de uno, pero sí depende de uno no perderse a sí mismo en el intento de entenderlas.

Ser padre no termina en el vínculo visible, ni en la cercanía diaria, ni en la respuesta del otro. Ser padre también es sostener el amor cuando no es recibido, es no traicionar lo que se dio, es no convertirse en indiferencia para protegerse del dolor.

Porque, al final, más allá del silencio, de la distancia, de todo… lo único que realmente queda es la verdad con la que uno vivió. Y esa no necesita ser explicada, ni defendida, ni devuelta.


Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre excluido de su hogar
Autor y compositor

Palabras, solo palabras

Relatos de mi vida marcados por el amor, la lucha y la esperanza, contados palabra por palabra.

“Podrán quitarme mi hogar y la justicia no atenderme, pero jamás podrán borrar la verdad que llevo escrita en mi alma.”

© Todos los derechos reservados – Ley 11.723 (República Argentina)
Expedientes:
• EX-2025-55455694 – APN-DDRNEES#MCH (Obra literaria)
• EX-2024-89059752 – APN-DNDA#MJ (Obra musical)



lunes, 20 de abril de 2026

Cumplí 56 años: entre el silencio, el afecto y el agradecimiento. Cuando la ausencia duele, pero la paz permanece.

 

Cumplí 56 años: entre el silencio, el afecto y el agradecimiento. Cuando la ausencia duele, pero la paz permanece.

Cumplí 56 años… y, una vez más, mis hijos no estuvieron presentes en este día. Sin embargo, muchas personas que no conozco me hicieron sentir hoy su afecto sincero. Recibí numerosos saludos a través de mis redes —Facebook, Instagram, X— y quiero agradecer de corazón cada mensaje.

En mi vida he cometido errores, especialmente en mis palabras; errores que en su momento creí que podían repararse. Soñé con tener una familia, hijos, un hogar… y lo tuve. Con el tiempo, distintas decisiones y situaciones nos fueron alejando, hasta dejarme hoy fuera de ese espacio familiar. No voy a caer en reproches. Me quedo con el afecto sincero que sí recibí, aunque no lo voy a negar: me hubiera gustado, al menos, un saludo de mis hijos.

Aunque mis hijos me hayan olvidado, aunque me hayan soltado y hoy camine solo, aunque haya quedado fuera de mi propio hogar… no lograron vaciarme. No pudieron quitarme lo más importante: mi paz.

No escribo estas palabras para aprovechar una fecha ni para reclamar nada material. Escribo desde un lugar más profundo: la necesidad de ser escuchado y, sobre todo, de invitar a una reflexión sincera. La vida nos enfrenta a situaciones complejas, y cada uno construye su propia versión de los hechos. Pero también es cierto que, a veces, no medimos con la misma vara: se juzga con dureza a unos y con comprensión a otros. Y en ese desequilibrio, muchas veces, se rompen vínculos que podrían haberse cuidado de otra manera.

Yo reconozco mis errores, me hago cargo de lo que dije y de lo que pudo haber lastimado. He pedido perdón, y lo vuelvo a hacer si es necesario. Pero también creo que el reconocimiento y la autocrítica deberían ser caminos compartidos, no de una sola parte. A ustedes —Maximiliano, Isaías y Johanna— les hablo sin enojo, pero con verdad: siento tristeza por la distancia, por el silencio y por el tiempo que pasa sin encontrarnos. No los juzgo, pero sí deseo que algún día puedan mirar esta historia con una mirada más amplia, más justa, más humana.

El tiempo siempre acomoda las cosas. Y si estoy equivocado, también sabré reconocerlo. Pero si el tiempo acerca, si el tiempo sana, si el tiempo vuelve a abrir puertas… yo voy a estar del otro lado, esperando ese abrazo.

Porque cuando el alma aprende a abrazarse a sí misma, la soledad deja de ser herida: ya no duele; enseña, fortalece y también salva. Se convierte en refugio, en compañera de camino. Y aunque deba seguir andando junto a ella, jamás cerraré la puerta a la posibilidad de volver a abrazarlos. Porque, a pesar de todo, por siempre los voy a amar.

“Palabras, solo palabras: relatos de mi vida marcados por el amor, la lucha y la esperanza, contados palabra por palabra.”

Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre excluido de su hogar
Autor y compositor

Podrán quitarme mi hogar, y la justicia no atenderme, pero jamás podrán borrar la verdad que llevo escrita en mi alma.

© Todos los derechos reservados
Registrada conforme a la Ley 11.723 – DNDA – República Argentina

Expedientes: EX-2025-55455694 – APN-DDRNEES#MCH (Obra literaria)
EX-2024-89059752 – APN-DNDA#MJ (Obra musical)



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