sábado, 21 de junio de 2025

"A pesar de todo… Los amo"

 

"A pesar de todo… Los amo"

Carta de un padre a sus hijos
Por Rubén Gustavo Ayala Williams
(Todos los derechos reservados)

Mientras duermen —o simplemente mientras la vida los encuentra en algún rincón del mundo—, pienso en ustedes.
Aunque la distancia hoy nos separe, el amor no entiende de ausencias. Y cuando la noche llega, el alma me susurra nombres: Maximiliano, Johanna, Isaías.

El silencio se vuelve aliado del corazón. Y entonces, sin poder evitarlo, me lleno de preguntas, de recuerdos, de sueños que aún no renuncio a soñar.

¡Cuánto los quiero!
Es lo primero que brota desde lo más profundo de mí.
Tal vez no pueda explicarlo bien… quizás cuando ustedes mismos sean padres —y ya algunos lo son— descubran lo inmenso, lo inexplicable, lo incalculable que es este amor.
Un amor que no se apaga con el tiempo ni con la distancia, ni siquiera con el silencio.

Desde que llegaron a mi vida, fui más fuerte… incluso en mi fragilidad.
Y sí: amé más, sufrí más, y también crecí más.
Porque amar es darse, vaciarse, exponerse sin condiciones ni garantías.
Y aún así, elegir seguir amando.

Hoy me pregunto:
¿Son felices?
Es la inquietud más profunda que llevo como padre.
Sé que no soy responsable directo de su felicidad, pero no puedo dejar de pensar en ustedes con ternura, deseando de corazón que encuentren luz, sentido, alegría.
Esa alegría que nace desde adentro, desde lo que uno construye con coraje, con fe, con amor.

A Isaías, mi hijo más pequeño, hace seis años que no lo veo. En poco tiempo cumplirá 14.
Su madre no me permite compartir su vida, y la verdad… no sé cómo luce hoy. Solo puedo imaginarlo.
Y aun así, lo amo con todo mi corazón.
Guardo en mí el recuerdo de sus abrazos, de su voz, de su risa.
Sigo esperando, confiando, orando por él.

A Johanna, que ya es madre, la vi por última vez cuando nació su hija menor. A ella —mi nieta— no la conozco, ni siquiera sé su nombre.
Nos cruzamos a veces por la calle, porque vive a solo unas cuadras de donde hoy habito. Pero ya no me habla.
Sin embargo, mi amor de padre —y ahora también de abuelo— permanece intacto.

Maximiliano, mi hijo mayor, tiene 33 años. Es padre también. Vive —creo— en Barcelona.
Desde que me separé de su madre, no volvimos a tener contacto.
Y aunque me duela, no lo juzgo. Solo rezo por él y lo bendigo, con la esperanza de que algún día podamos reencontrarnos.

Sé que la vida nos ha atravesado con momentos muy difíciles.
Fui excluido judicialmente del hogar familiar, donde aún vive parte de mi familia.
Una decisión que no solo me alejó de mi casa, sino también del calor de mis afectos.
Un lugar del que siento —con humildad y dolor— que nunca debí haber sido apartado.

Pero no escribo esto para reclamar, ni para acusar.
No hay rencor en mis palabras.
Solo hay verdad.
Una verdad que se llora, se acepta… y se transforma en esperanza.

Porque sigo soñando con abrazarlos a todos.
Sigo soñando con volver al hogar.
Sigo creyendo que el amor —cuando es verdadero— resiste las tormentas, atraviesa el tiempo y, tarde o temprano, encuentra el camino de regreso.

Quisiera haber hecho más.
Quisiera haber estado mejor.
Y si alguna vez fallé, desde lo más hondo de mi corazón, les pido perdón.

Gracias por existir.
Gracias por lo que, aunque en silencio, me siguen enseñando.
Gracias por haber sido —y seguir siendo— mi motivo de lucha, mi refugio espiritual, mi más grande amor.

Maximiliano, Johanna, Isaías…
Los amo.
Con todo mi ser.
Para siempre.

Papá.
Rubén Gustavo Ayala Williams
Quilmes, Invierno de 2025
Todos los derechos reservados – Publicado en “Palabras, Solo Palabras”



Bienvenido, Señor Invierno !!

 

Bienvenido, Señor Invierno !!

Una estación, un espejo, un llamado al alma
Por Rubén Gustavo Ayala Williams
Blog: Palabras, Solo Palabras

Llega el invierno.
No pide permiso ni golpea la puerta: simplemente entra,
como lo hacen los silencios más hondos,
como las verdades que no queremos escuchar.
Llega con su abrigo de niebla,
con su paso lento y su mirada quieta,
a recordarnos que también en el frío hay belleza,
y que hay aprendizajes que solo florecen en la escarcha.

El invierno es pausa,
pero no una pausa vacía:
es un paréntesis necesario,
un tiempo de recogimiento,
una estación que no teme mostrar
que todo lo vivo también necesita detenerse.

Bajo el cielo gris, el alma se escucha mejor.
Ya no hay ruido de ramas verdes,
ni distracción de colores brillantes.
Solo el viento, que habla con voz de anciano,
y el crujido de lo que fue,
quebrándose despacito
para dar lugar a lo que vendrá.

El frío toca la piel, sí,
pero también toca la memoria.
Nos trae escenas congeladas,
instantes del pasado que aún duelen
o que aún laten.
Y en ese rescate del tiempo detenido,
nacen palabras.
Palabras sueltas.
Palabras tristes.
Palabras que curan.
Palabras, solo palabras…
que al escribirlas, nos devuelven a nosotros mismos.

Porque el invierno no es solo estación,
es espejo:
nos obliga a mirarnos sin maquillaje,
sin hojas que nos oculten,
sin excusas.

Y también es fuego.
No el que arde afuera,
sino el que aprendemos a encender adentro.
Ese calor propio, íntimo,
hecho de resistencias, de fe, de ternura,
de todas las veces que no nos rendimos.

Que este invierno sea eso para vos:
un tiempo de mirar hacia dentro,
de escribir lo no dicho,
de abrigarte con lo verdadero.

Y si llega la tristeza, que no te asuste.
Solo viene a contarte algo que no supiste escuchar en verano.
Escuchala.
Anotá.
Escribí.

Porque a veces, el alma también necesita
invierno para volver a empezar.


© Rubén Gustavo Ayala Williams – “Palabras, Solo Palabras”
Todos los derechos reservados. No copiar ni reproducir sin citar fuente.




viernes, 20 de junio de 2025

Manuel Belgrano: Creador de la Bandera y Patriota de la Patria

 

Manuel Belgrano: Creador de la Bandera y Patriota de la Patria

📆 20 de junio – Día de la Bandera Argentina

Cada 20 de junio se celebra el Día de la Bandera en conmemoración del fallecimiento de Manuel Belgrano, uno de los héroes más destacados de nuestra historia nacional y creador de nuestra insignia patria.


🟦 ¿Cuándo se creó la Bandera Argentina?

La Bandera Nacional fue creada por Manuel Belgrano el 27 de febrero de 1812, en la ciudad de Rosario, a orillas del río Paraná. Inspirado en los colores de la escarapela nacional, Belgrano la izó por primera vez en las baterías "Libertad" e "Independencia", durante la lucha por la emancipación de las Provincias Unidas del Río de la Plata.


👤 ¿Quién fue Manuel Belgrano?

Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano nació el 3 de junio de 1770 en Buenos Aires, hijo de Domingo Belgrano y Pérez (de origen italiano) y María Josefa González Casero.

Estudió en el Colegio Real de San Carlos y luego viajó a España, donde se recibió de abogado en las universidades de Salamanca y Valladolid en 1793. A los 23 años fue designado Secretario del Real Consulado de Comercio de Buenos Aires, desde donde promovió la educación, el comercio justo y la industria nacional.


📚 Cronología de su vida y obra

  • 1770: Nace en Buenos Aires.

  • 1793: Se recibe de abogado en España.

  • 1794: Asume como Secretario del Consulado.

  • 1806-1807: Participa en la defensa de Buenos Aires contra las Invasiones Inglesas.

  • 1810: Es elegido vocal de la Primera Junta tras la Revolución de Mayo.

  • 1811: Comanda la expedición al Paraguay, donde es derrotado.

  • 1812: Crea la Bandera Nacional en Rosario.

  • 1812: Dirige el Éxodo Jujeño y obtiene las victorias de Tucumán (24 de septiembre) y Salta (20 de febrero de 1813).

  • 1813: Es derrotado en Vilcapugio y Ayohuma.

  • 1816: Participa del Congreso de Tucumán.

  • 1820: Muere en Buenos Aires, el 20 de junio, en la pobreza y casi olvidado.


⚔️ Belgrano, el militar patriota

Aunque no era militar de formación, Belgrano lideró el Ejército del Norte, enfrentando a los realistas. Su vocación de servicio, honestidad y su compromiso con la libertad lo transformaron en uno de los próceres más respetados de la historia argentina.


💔 Su fallecimiento y legado

Belgrano falleció el 20 de junio de 1820 en su casa natal de Buenos Aires, enfermo de hidropesía, en la miseria y casi sin reconocimiento oficial. Su tumba se encuentra en el Convento de Santo Domingo, donde descansan también los restos de sus padres.


👨‍👧 Hijos y descendencia

Manuel Belgrano no se casó, pero tuvo dos hijos extramatrimoniales reconocidos:

  • Pedro Pablo Rosas y Belgrano (con María Josefa Ezcurra), criado por Juan Manuel de Rosas.

  • Manuela Mónica Belgrano (con María Dolores Helguero), nacida en 1819.


🏛 ¿Por qué es importante recordar a Belgrano?

  • Fue fundador de escuelas, impulsor del comercio justo, defensor de los pueblos originarios y padre de nuestra bandera.

  • Representa los valores de sacrificio, patriotismo, educación y honestidad.

  • Murió sin riquezas, entregando todo a la causa de la Patria.


📢 Frase célebre

“Sirvo a la Patria sin otro objeto que el de verla constituida, ése es el premio al que aspiro.”


📌 Material educativo para uso escolar y cultural
📘 Autor: Rubén Gustavo Ayala Williams
🔏 *Todos los derechos reservados. Permitida su reproducción con fines educativos, citando la fuente.
📜 Ley 11.723 de Propiedad Intelectual – República Argentina
🖥 Publicación original: Blog Palabras, Solo Palabras



El eco de una vida: historia de un padre excluido

 

Prólogo 🖋️

Hay historias que se narran desde la gloria, otras desde el abismo. Esta, sin embargo, se cuenta desde el borde mismo del alma, allí donde se cruzan el amor, el dolor, el esfuerzo y la soledad.

Rubén Gustavo Ayala Williams no solo escribe con palabras: escribe con cicatrices, con memoria y con esperanza. Su relato no es un lamento, es un acto de dignidad. No es una revancha, es un intento de recuperar aquello que nunca debió perderse: su hogar, su lugar como padre, su derecho a ser escuchado.

En tiempos donde muchas voces se silencian, este testimonio busca abrir caminos para tantos hombres que han sido desplazados injustamente. No es un reclamo vacío: es una crónica de vida marcada por la entrega, la exclusión y el renacer.

Que estas páginas sirvan no solo para comprender, sino también para abrazar con respeto la verdad de quienes, en silencio, sobreviven al olvido.


🕯️ El eco de una vida: historia de un padre excluido

por Rubén Gustavo Ayala Williams
Todos los derechos reservados. Publicado en Palabras, Solo Palabras.


Nací el 20 de abril de 1970, en un hogar humilde, rodeado de silencios y verdades a medias. Me crié con mi madre y quien me dio el apellido Ayala, compartiendo la infancia con varios hermanos, de los cuales algunos partieron demasiado pronto, llevados por enfermedades que el tiempo y los recursos no pudieron detener.

Como todo niño, asistí a la escuela primaria y luego a la secundaria, sin saber que un día, a los 17 años, recibiría una noticia que cambiaría para siempre mi identidad: conocí a mi verdadero padre. Fue una revelación inesperada, un punto de inflexión silencioso que se instaló en mi alma sin hacer ruido, pero sin irse jamás.

En mi juventud, encontré refugio en la fe. Me formé como catequista dentro de la Iglesia Católica. Allí, entre misiones y servicios, conocí a la mujer que sería la madre de mis hijos. El 2 de junio de 1988, sellamos un vínculo que nació con un beso en la calle y creció con promesas de eternidad. El 7 de septiembre de 1989, nos comprometimos formalmente con alianzas de oro, soñando con construir una familia, un futuro, un hogar.

El 7 de Septiembre de 1990, nos casamos por civil y, poco después, por iglesia. Comenzamos nuestra vida matrimonial en condiciones de profunda humildad. Nuestra casa era sencilla, nuestros recursos escasos, pero el amor y el esfuerzo eran grandes. El 14 de marzo de 1992, nació nuestro primer hijo, Maximiliano. El 3 de diciembre de 1993, llegó nuestra hija Joana. Criarlos fue una tarea tan difícil como hermosa. Trabajé de todo, sin importar el calor ni el frío. Mi único objetivo era sostener el hogar.

Con el tiempo, la madre de mis hijos expresó que no deseaba ser ama de casa. Terminó sus estudios secundarios y comenzó la carrera de enfermería. Acompañé esa decisión con sacrificios: ajustamos nuestra economía, recortamos gastos, resistimos. Hoy ella es jefa de cirugía en un hospital de Avellaneda, un logro que reconozco y respeto.

Mientras tanto, la vida siguió, y el cuerpo también empezó a pasar factura. Tuve que ser operado de la columna vertebral, y pasé seis meses en silla de ruedas. Fue uno de los pocos momentos en que ella estuvo cerca, acompañándome. Después de una larga recuperación, logré volver a caminar. Poco después, el 10 de julio de 2011, nació nuestro tercer hijo, Isaías. Su llegada trajo consigo nuevos desafíos: problemas de salud en sus primeros años que, afortunadamente, fueron superados.

Me dediqué por completo a criarlo. Desde los dos meses de vida hasta que ingresó a segundo grado, fui su sostén diario, llevándolo al jardín, cocinando, acompañando sus primeros pasos.

Hasta que un día, sin previo aviso, todo cambió.

La madre de mis hijos me confesó que creía haberse equivocado de compañero. Que el amor de su vida era otro hombre, un tal Armando, conocido desde su infancia. Me propuso seguir viviendo juntos, pero en camas separadas. Esa idea me derrumbó. Mi castillo de naipes se desplomó. Cometí errores: me refugié en el cigarrillo, bebí más de la cuenta, pronuncié palabras que no debí decir. Ese desborde emocional fue aprovechado, y ella decidió abandonar el hogar llevándose a nuestro hijo menor.

Poco tiempo después, inicié una nueva relación y, en una decisión equivocada, invité a esa persona a vivir conmigo. Esa relación no prosperó y, aún sin convivir, fui denunciado por supuesta violencia de género. No hubo pruebas, ni hechos, pero la justicia me excluyó de mi hogar.

A partir de ese día, comenzó mi tiempo en la calle.
Pasé casi dos años sin techo, durmiendo en plazas, en estaciones, entre la mugre, los perros y el silencio. Recibí golpes, soporté el frío, el hambre y la indiferencia. Buscar un baño era una odisea. Alimentarme, un milagro. Me refugié en el alcohol, pero un día decidí cambiar. Salir. Volver a ser yo.

Hoy estoy sentado en una plaza donde solía traer a jugar a mis hijos. Los recuerdos me atraviesan como el viento entre las hojas secas. Pero no me resigno. No me rindo. Quiero que se sepa la verdad.

La madre de mis hijos se quedó con nuestro hogar.
Mis hijos ya no quieren verme. Maximiliano viajó a España; no volvió a contactarse. Johanna vive en la misma casa que levanté con mis propias manos, junto a mis nietos, a quienes no puedo ver. Isaías, el más pequeño, está lejos de mí. No me está permitido acercarme. Incluso tengo una nieta que ni siquiera conozco.

Mis hermanos por parte de padre –aquel que conocí a mis 17 años– también me cerraron las puertas. Todo porque solo escucharon una versión de los hechos. Nadie contó que yo fui quien crió, sostuvo, trabajó, amó y construyó. Nadie dijo que yo no fui quien destruyó la familia.

Pero yo estoy aquí. No busco venganza, ni castigos. Solo quiero recuperar mi hogar, mis hijos, mis nietos. Y si eso no es posible, al menos que se sepa la verdad. Que la justicia entienda que no todos los varones somos culpables por ser hombres. Que muchos padres callan su dolor, excluidos, olvidados.

Hoy le hablo al mundo desde este texto, desde este rincón de palabras que me sostienen. Le hablo a la justicia, a las instituciones, a las familias, a los hijos, a los padres que, como yo, fueron desplazados.

Si no recupero nada, al menos quiero dejar testimonio.
Que lo sepan mis hijos, mis nietos, mis hermanos, la sociedad entera.

Y si algún día me toca partir, que sea Dios el único que me juzgue.


Rubén Gustavo Ayala Williams
Blog: Palabras, Solo Palabras
📜 Todos los derechos reservados. Propiedad intelectual registrada.
✉️ Este testimonio forma parte de mi historia de vida y de mi proyecto autobiográfico.



miércoles, 18 de junio de 2025

Carta al Cielo para mi Padre, Hola papá !!

 Carta al Cielo para mi Padre

Hola papá,
Espero que estés bien, donde sea que te encuentres.
Aquí, sentado en esta mesa y en soledad, quiero contarte algunas cosas que pasaron desde tu partida…
Necesito hablarte, abrir el corazón, y dejar salir todo lo que llevo guardado.

Te conocí cuando ya era grande, a mis 17 años.
Hasta entonces no sabía quién era realmente mi padre,
porque mi madre me había ocultado esa verdad.
Recién en la adolescencia te encontré,
y junto a vos conocí también a tu esposa y a esos hijos tuyos —mis hermanos— que no conocía.
Ellos me recibieron con cariño, como si siempre hubiera formado parte de esa familia,
y desde ese momento comenzó otra etapa para mí.
A pesar del tiempo perdido, pudimos empezar a compartir momentos,
conversar, conocernos, y tratar de recuperar lo que la vida nos había negado.

Tiempo después te presenté a quien sería la madre de mis hijos,
y juntos formamos una familia.
Tuvimos hijos hermosos, y me esforcé siempre por ser un buen padre,
siguiendo ese ejemplo que, aunque breve, me dejaste.
Durante años luché, trabajé, construí con mucho esfuerzo un hogar para ellos,
un espacio donde pudieran crecer con amor, con valores, con presencia.

Pero la vida dio un giro que me costó aceptar.
Un día, la madre de mis hijos me dijo que se había equivocado de persona,
que el verdadero amor de su vida era otro hombre.
¿Te imaginás el dolor, viejo?
Después de 30 años de matrimonio, escuchar esas palabras fue como recibir una puñalada en el alma.
Me quebré por dentro.
Empecé a tomar, a decir cosas de las que hoy me arrepiento,
me perdí en la tristeza y la confusión.
Y en medio de ese momento vulnerable, ella me denunció.
Esa denuncia derivó en que me excluyeran del hogar que tanto me costó construir.

A partir de ahí todo cambió.
Me vi sin casa, sin familia, sin rumbo.
Uno de nuestros hijos fue echado también, y desde entonces el vínculo con todos se fue rompiendo.
Hoy, mis propios hijos no quieren verme.
Han crecido con una versión de los hechos que no comparto.
Especialmente mi hijo menor, al que no veo desde hace 7 años.
Sé que él me conoce, sé que guarda algo de mí en su corazón,
pero por la influencia de su madre no he podido tener contacto con él.
Y eso, papá, me duele profundamente.

No escribo esto desde el rencor.
No quiero que se malinterprete.
Solo necesito que se sepa la verdad.
La verdad que nunca se dijo completa.
La verdad que, espero, algún día la justicia quiera escuchar.

Hoy no tengo nada material.
Solo me quedan las ganas de seguir adelante.
La esperanza de que en algún momento voy a recuperar lo que me pertenece:
mi hogar, mi vida, mis hijos, mis hermanos,
todo lo que fue parte de mí y que hoy está lejos.

Y entre tanto vacío, me faltás vos.
Tu consejo, tu abrazo, tu compañía.
En los momentos más duros, extraño esa presencia tuya
que supo abrazarme incluso sin decir palabras.

Te amo, papá.
Aunque nos conocimos tarde, supiste dejar una huella inmensa en mí.
Gracias por haberme aceptado, por mostrarme otra forma de ser padre.
Gracias por tu ejemplo.

Hoy te escribo con el corazón abierto.
No sé cuál será mi destino mañana,
pero mientras me quede fuerza, seguiré luchando por mi verdad.
Esta carta te la envío al cielo,
y te prometo algo: te voy a seguir escribiendo, estés donde estés.

Con amor eterno,
Ruben Gustavo Ayala Williams
Todos los derechos reservados – Propiedad Intelectual – Ley 11.723
Publicado en el blog: Palabras, Solo Palabras




¿Rendirme yo?

 ¿Rendirme yo?

Caí. No una vez, sino tantas que perdí la cuenta.
Me traicionaron, sí. Personas que jamás creí capaces.
Perdí gente que amaba con el alma,
y en su partida, algo de mí también se fue.
Sufrí. Con el cuerpo, con el alma, con el silencio de los días sin consuelo.
Mi fuerza flaqueó, mi corazón se quebró en mil pedazos.
Perdí rendimiento, sí... bajé el nivel, el ánimo, las ganas.
Caminé por la cuerda floja entre la esperanza y el abismo.
Estuve solo. Solo en mis peores momentos,
cuando el mundo parecía no mirar, no escuchar, no importar.

Y sin embargo,
a pesar de todo,
acá estoy.

De pie. Tal vez herido, pero no vencido.
Con las cicatrices como medallas,
con la frente alta aunque el alma a veces tiemble.

Sigo, paso a paso. No por orgullo,
sino porque algo dentro mío se rehúsa a morir.
Trato cada día de ser mejor que ayer, aunque ayer me haya dolido.
Aprendí que la grandeza no está en no caer,
sino en levantarse con el corazón aún roto.
Aprendí que la soledad también enseña,
que el dolor también transforma,
y que no todos los que se van merecen volver.

¿Rendirme?
No.
Porque aunque me falte fuerza, me sobra coraje.
Aunque me falten manos, me sostengo en la fe.
Y aunque me falte amor, me abrazo a mí mismo.

Sigo de pie, porque aprendí a levantarme con dignidad.
Y si el mundo me da la espalda, yo igual camino…
porque mi camino no lo dicta el mundo,
sino mi voluntad de volver a empezar de nuevo.

— Rubén Gustavo Ayala Williams
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martes, 17 de junio de 2025

El silencio de quienes amamos, Es triste, sí.

 

El silencio de quienes amamos

Es triste, sí.
Pero más triste aún es cuando los que más amamos nos olvidan.
Cuando aquellos por quienes dimos cada día de nuestra vida, cada sueño postergado, cada lágrima escondida, eligen marcharse, desentenderse, o seguir por la vida como si uno no hubiera sido parte esencial de su historia.

Uno da todo:
Da el pan que no alcanza, las noches sin dormir, los trabajos que cansan,
las manos llenas de ampollas y el alma repleta de amor.
Uno se parte en mil pedazos para que ellos estén enteros,
se convierte en escudo contra el frío, en sonrisa cuando hay tristeza,
en padre, madre, consejero, compañero, y hasta en silencio cuando ya no quieren escuchar.

Y un día… se van.
No solo de la casa, sino del corazón.
Ya no hay llamados, ya no hay abrazos espontáneos, ya no hay “¿cómo estás?”.
Hay distancia, hay juicios injustos, hay voces ajenas que los confunden.
Y lo peor: hay olvido.
Un olvido que duele más que la pobreza, más que el abandono de todos los demás.
Porque no hay dolor más hondo que no ser visto por los ojos que uno enseñó a mirar.

Y sin embargo…
No dejamos de amar.
No dejamos de esperar.
Seguimos siendo esa raíz que permanece firme bajo tierra,
aunque el árbol crezca lejos, aunque nunca mire hacia abajo.

Ser padre es amar incluso cuando te dejan solo.
Es seguir orando en secreto, deseando que la vida no los lastime,
esperando que algún día miren hacia atrás y comprendan todo lo que hiciste.
No para que te lo agradezcan —eso sería egoísmo—,
sino para que sepan cuánto fueron amados.

Y también para que aprendan a no repetir el abandono.

Porque los hijos algún día serán padres.
Y tal vez ese día comprendan.
Tal vez entonces regresen, no a pedir, sino a abrazar.

Hasta entonces, seguimos siendo lo que somos:
amor que resiste, presencia que espera, fe que no se rinde.


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© Rubén Gustavo Ayala Williams – Todos los derechos reservados
Blog: Palabras, Solo Palabras



domingo, 15 de junio de 2025

Día del Padre, para los que aún esperamos 💔

 Día del Padre, para los que aún esperamos 💔

Por Rubén Gustavo Ayala Williams – 2025

Hoy, en este Día del Padre, quiero saludar a todos esos padres que, como yo, hoy se encuentran solos.
Padres a los que el tiempo, las decisiones ajenas, los silencios y las heridas les arrebataron los abrazos, pero no el amor.

Recuerdo los días en que con su madre pasábamos hambre…
pero a ustedes jamás les faltó un plato de comida en la mesa.
Recuerdo nuestras salidas en familia, al mar, a la montaña,
cuando sólo alcanzaba para unas alitas de pollo y tortillas de papa.
Y sin embargo, éramos ricos de amor, de unión, de esperanza.

Inventé trabajos donde no los había:
Arreglaba computadoras a domicilio,
vendía café en la vía pública,
volvía caminando a casa para ahorrar el boleto
y poder comprar más mercadería.
Trabajé en un colectivo, saliendo de madrugada,
exponiéndome a los peligros de la noche,
para llevar dignamente el pan a casa.

Recuerdo cada cumpleaños rodeado de niños,
de familiares, de risas y tortas.
Fiestas hermosas que organizábamos con lo poco o mucho que teníamos.
Mientras tanto, pasaban los años,
y yo construía con mis manos esa casa…
la casa de la que más tarde fui excluido por decisión judicial,
ese lugar donde aún hoy quisiera volver.

Mucho esfuerzo.
Mucho sacrificio.
Mucho trabajo.
Ese fui yo:
Un padre que siempre les demostró su amor con hechos,
con presencia, con sudor y con ternura.

Y aunque hoy me han olvidado,
aunque el tiempo, las palabras, las decisiones los alejen,
yo sigo acá. De pie. Esperando.
Porque ser padre no termina con una ausencia,
ni con una distancia.
Ser padre es para siempre, aunque no te nombren.

A vos, Maximiliano, que hoy sos papá:
que tu hijo nunca se pierda tu abrazo como yo perdí el tuyo.
A vos, Johanna, que sos mamá:
que nunca olvides lo que dimos para que tu niñez fuera feliz.
Y a vos, Isaías, que todavía estás creciendo:
que el amor no necesita permiso ni autorizaciones,
sólo el valor de mirar hacia atrás y recordar.

A los tres:
Los Amo. Siempre. Con un amor que no se rompe ni se rinde.
Feliz Día del Padre, aunque no me lo digan.
Yo me lo digo solo, porque sé quién fui, quién soy, y quién seré.
Un padre que jamás dejó de amar.

🙏 Oración para el Día del Padre 🙏
Por Rubén Gustavo Ayala Williams – 2025

Señor, en este Día del Padre,
te doy gracias por la bendición de ser papá,
aunque hoy mis brazos estén vacíos,
mi corazón sigue lleno del amor que sembré.

Gracias por cada lucha que enfrenté,
por cada madrugada sin descanso,
por cada sonrisa que pude regalar
a esos hijos que me diste.

Te pido, Dios de la vida,
que cuides a mis hijos donde estén,
que les hables al corazón,
y les recuerdes que su padre los ama
más allá de toda distancia o silencio.

Dame fuerza para seguir esperando,
paciencia para no rendirme,
y ternura para perdonar.

Porque ser padre es más que un título,
es una vocación de entrega,
un acto de amor que no se detiene,
aunque no siempre sea reconocido.

Y si hoy no recibo llamadas ni abrazos,
yo me abrazo a tu cruz, Señor,
y allí encuentro consuelo,
porque Tú también fuiste olvidado,
y sin embargo, seguiste amando.

Amén.




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