La luz de la vida: Pensamientos en voz alta
Sentimientos, recuerdos y palabras que el tiempo dejó pendientes
“La vida es hermosa cuando uno se siente querido y amado. Ahí es donde vuelve a brillar la luz… la luz de la vida.”
Durante estos 56 años conocí muchísima gente. En mi infancia, en la adolescencia, en la escuela, en el barrio, en la calle y en la vida misma.
Pasé por la parroquia, por la política, por el transporte y por distintos ámbitos donde compartí momentos con muchas personas. Desde muy chico empecé a trabajar. A los 6 años vendía revistas en la calle y, a los 8, comenzaron mis primeros tratos con adultos. Más tarde repartía galletitas por el barrio y, con apenas 15 años, viajaba solo hacia Capital.
Creo que todas esas experiencias y todas esas personas fueron formando la base de mi camino: el camino del trabajo, de la familia y de los valores.
Tuve muchas amistades y conocidos según los distintos lugares que frecuenté. Amigos leales también tuve, aunque muchos ya no están físicamente. Del mismo modo, crecí rodeado de una familia numerosa: hermanos, tíos, primos, abuelos y seres queridos que marcaron mi vida.
Con los años aprendí muchas cosas: a pedir perdón, a dar gracias, a respetar, a valorar, a ganar… aunque nunca aprendí del todo a perder.
Compartí cumpleaños, bautismos, comuniones, navidades y tantos momentos importantes. Pero nunca me gustaron las despedidas. Siempre sentí que quedaban palabras pendientes, abrazos sin dar o emociones guardadas, y eso muchas veces todavía me entristece.
Hoy entiendo que quedaron cosas sin decirles a personas que ya no están o con quienes la vida tomó otros caminos. Quizás no aproveché algunos momentos o no expresé todo lo que sentía.
Faltaron muchos:
“chau”,
“gracias”,
“perdón”,
“nos vemos pronto”,
“quedate tranquilo que yo me encargo”.
También quedaron pendientes abrazos, apretones de manos y besos de amistad o de amor.
Toda mi vida me gustó escribir. En aquellos años no existían las redes sociales ni la tecnología de hoy. Todo era a puño y letra. Recuerdo que, desde la carpa del servicio militar, le escribía cartas a mi novia para decirle cuánto la amaba y cuánto la extrañaba.
Hoy todo parece más simple. Un mensaje, una foto o un video alcanzan para acercarnos. Y quizás por eso me animo a escribir estas palabras: para intentar saldar algunas de esas deudas emocionales que quedaron pendientes con el tiempo.
Perdón y gracias.
Dos palabras simples, pero inmensas. Valores que siempre intenté transmitirles a mis hijos.
Gracias por los momentos compartidos, por las alegrías, por las enseñanzas y también por las dificultades que nos tocó atravesar.
Y perdón por las veces en las que no llegué a tiempo, por lo que no supe hacer o por lo que no pude dar.
En la vida perdí amigos, conocidos, bienes materiales y seres muy queridos. Pero también logré muchos de mis sueños: un hogar, un auto, amistades sinceras y, sobre todo, una familia.
Hoy sigo valorando profundamente todo lo vivido. Porque más allá de los errores, los aciertos y las heridas, sigo creyendo en el amor, en la familia y en los vínculos verdaderos.
Tengo estudios, formación y experiencia. Soy instructor de informática, robótica y automatización. También soy escritor, autor y compositor registrado en DNDA y SADAIC. Me considero una persona de trabajo y alguien que nunca dejó de luchar.
Sin embargo, aprendí que ningún logro material llena el vacío que deja la distancia emocional de quienes uno ama.
Extraño profundamente a mis hijos, a mis nietos y a los momentos compartidos en familia. No guardo rencor. Al contrario: el amor permanece intacto. Y mientras exista amor, también existirá la esperanza de un abrazo, de una conversación y de un reencuentro.
También sigo amando profundamente a la madre de mis hijos, porque fue la compañera con la que compartí gran parte de mi vida, sueños, luchas y los momentos más importantes que un hombre puede vivir: formar una familia y construir un hogar.
Tal vez el tiempo, la vida y las circunstancias nos alejaron, pero los sentimientos verdaderos no desaparecen fácilmente. Y aunque hoy el camino sea distinto, en mi corazón todavía vive el deseo sincero de que la vida que me queda me regale una nueva oportunidad para volver a compartir momentos junto a ella, junto a mis hijos, mis nietos y en aquello que alguna vez fue nuestro hogar.
Si todavía tengo un sueño, es ese: volver a abrazar a mi familia, compartir nuevamente un hogar y recuperar esos pequeños momentos cotidianos que alguna vez fueron mi lugar en el mundo.
Reflexión final
Con los años uno entiende que la vida no pasa solamente por lo que conseguimos, sino también por las personas que amamos, los abrazos que dimos y las palabras que quedaron pendientes.
A veces el tiempo nos separa. Otras veces lo hacen el orgullo, las heridas o las circunstancias de la vida. Pero mientras exista memoria, amor y sentimientos verdaderos, siempre habrá una parte de nosotros intentando reencontrarse con quienes forman nuestra historia.
Porque al final de todo, nadie se lleva lo material.
Lo único que realmente permanece es el amor que supimos dar… y las personas que todavía seguimos esperando volver a abrazar.
Palabras, solo palabras
Relatos de mi vida marcados por el amor, la lucha y la esperanza, contados palabra por palabra
Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre, Autor y Compositor
“Podrán cambiar las circunstancias de la vida, podrán pasar los años y podrán existir distancias difíciles de explicar, pero jamás podrán borrar la verdad que una persona lleva escrita en el alma.”
Registrada conforme a la Ley 11.723 – República Argentina
DNDA – Expedientes:
• EX-2025-55455694 – APN-DDRNEES#MCH (Obra literaria)
• EX-2024-89059752 – APN-DNDA#MJ (Obra musical)






