viernes, 4 de julio de 2025

Lo que quedó de nuestro amor

 

Carta: Lo que quedó de nuestro amor

Por Rubén Gustavo Ayala Williams

Querida:

A veces me detengo a pensar en todo lo que vivimos.
No sé si vos también lo hacés. Pero yo sí.
Y cada vez que cierro los ojos, vuelve a mí aquel primer beso en junio de 1988.
Éramos tan jóvenes… llenos de sueños, de ilusiones. Empezamos a escribir una historia sin saber cuánto resistiría.

Nos comprometimos en septiembre del ‘89, y en el ‘90 nos casamos.
Con la ilusión intacta, con los ojos puestos en un futuro que imaginábamos eterno.

La vida no fue fácil.
¿Te acordás de aquella primera comida? Albóndigas con arroz… te salieron saladas, pero para mí fueron las más ricas del mundo.
Vivíamos con poco. El piso de tierra, la instalación eléctrica precaria, la primera inundación que nos robó los regalos de casamiento.
Y aun así, no nos quebramos.
Seguimos adelante, aferrados a la esperanza y al amor.

Con los años llegaron nuestros hijos.
Y con ellos, nuestra familia creció, y también nosotros como personas.
Un día me dijiste que querías estudiar. No lo dudé: te apoyé.
Aunque vivíamos con lo justo, lograste terminar la secundaria y convertirte en enfermera profesional.
¡Qué orgullo sentí!

Nuestros hijos crecían, y poco a poco mejoraba nuestra situación.
Ya trabajábamos los dos, salíamos de vacaciones, compartíamos momentos.
Éramos una familia fuerte, feliz.

Pero la vida —esa misma vida que nos dio tanto— también nos puso a prueba.

Tuve que operarme de la columna, y en medio de todo ese dolor, llegó nuestro tercer hijo.
Una nueva bendición que nos dio fuerza para seguir.
Pero, sin darnos cuenta, algo se fue rompiendo. Silenciosamente.
Empezamos a alejarnos.
Las distancias se hicieron más grandes.
Y un día, con la sinceridad que siempre tuviste, me dijiste que tu corazón estaba en otro lugar. Que ya no sentías lo mismo.

Fue un golpe duro.
Me pediste que me fuera… y me fui.
Después volví, queriendo recomponer lo nuestro.
Pero me pediste dormir en otra habitación, y no supe aceptarlo.

Cometí errores.
Busqué consuelo donde no debía. Tomé malas decisiones.
Y lo que ya estaba herido, se terminó de romper.
La tristeza me ganó.

Un día te fuiste. Te llevaste a nuestro hijo menor.
Y yo me quedé solo. Perdido.
Intenté rehacer mi vida con otra persona. Fue un error.
Y la justicia intervino… me dejaron fuera de casa.

Caí.
Caí tan hondo que toqué fondo.
Viví en la calle. Pasé hambre. Frío.
Fui golpeado. Herido.
Fui lastimado por la vida… y por mí mismo.
Caí en el alcohol.
Pero incluso ahí, en lo más oscuro, una chispa quedó viva dentro de mí.

Y me levanté.

Me aferré a lo poco que me quedaba: la fe, la esperanza, el amor que, aunque lastimado, nunca desapareció del todo.

Hoy estoy solo.
Pero tengo esperanza.
Una esperanza que nadie me puede quitar.
La de que algún día podamos hablar.
Vos y yo. Sin abogados. Sin jueces. Sin reproches.
Solo dos personas que compartieron una vida entera. Que se amaron. Que se equivocaron. Pero que también fueron felices.

Extraño nuestra casa.
Te extraño a vos.
Extraño a nuestros hijos.
A mis nietos, que son mi mayor tesoro.

Sé que tal vez ya no se puede volver atrás.
Pero también sé que nunca es tarde para sanar.
Nunca es tarde para perdonar.
Nunca es tarde para tender una mano.

Porque la vida —esa misma que nos enseñó a amar— también nos enseña que jamás es tarde para volver a empezar de nuevo.

Y por eso te escribo esta carta.
Porque, aunque pasen los años, aunque todo cambie,
vos siempre volvés a mis pensamientos.

Con todo lo que fui, con todo lo que soy,
Rubén Gustavo Ayala Williams



martes, 1 de julio de 2025

CUANDO YA NO ME VEAS…

 

CUANDO YA NO ME VEAS…

Carta desde el silencio

A veces el amor más grande no se ve.
Se siente. Se guarda. Se transforma.
Esta es una carta para quienes seguimos amando más allá de la ausencia.
Para quienes aún buscan señales en el viento, en las estrellas, en un sueño que se repite...


Cuando ya no me veas...
cuando el silencio se instale en el lugar donde solía estar mi voz,
cuando el mundo siga girando sin mi presencia física,
quiero que sepas que sigo ahí...
en tu memoria,
en tu forma de mirar el cielo,
en cada detalle que compartimos alguna vez.

Y si me buscás en tus sueños y no me encontrás,
no te angusties.
Tal vez en ese instante no estoy durmiendo contigo,
porque habito despierto en tu corazón.

No estés triste si los días pasan volando.
Es mi manera de ayudarte a sanar.
De recordarte que la vida no se detiene,
que hay belleza incluso en medio del dolor.
Que aún sin mí, vale la pena seguir caminando.

Sé que te duele.
Sé que buscás respuestas.
Sé que a veces pensás que fue injusto,
que el tiempo nos jugó en contra.
Pero hay cosas que no se explican con la razón.
Hay despedidas que llegan sin avisar.
Y aun así, el amor no se va…
solo cambia de forma.

Estoy bien.
De verdad.
No cargues culpas. No te castigués.
No llenes tus días de preguntas sin respuesta.
Mi tiempo había llegado, aunque nadie lo entendiera.
Ni vos, ni yo.

Por eso hoy, te pido con el alma:
no te rindas.
No apagues tu luz.
Viví por mí. Viví por vos.
Disfrutá el sol, el viento, la lluvia, el canto de los pájaros,
la risa de quienes te rodean,
las cosas simples, lo cotidiano…
Viví. Amá. Creé. Perdoná.

Y si alguna noche sentís que no estoy,
que no aparezco en tus sueños ni en tus pensamientos,
mirá la vida.
Mirá con los ojos del alma.

Estoy en una mariposa blanca que cruza tu camino.
En una canción que llega justo a tiempo.
En un suspiro profundo cuando creías no poder más.
Yo soy esa señal.

Y mientras me sigas amando,
mientras mi nombre tenga un lugar en tu memoria,
mientras tus pasos sigan avanzando,
yo no habré partido del todo.

Respirá.
Fluí.
Seguí caminando.
Nos volveremos a encontrar… cuando sea el momento.


Este texto forma parte del blog Palabras, Solo Palabras
Registro de propiedad intelectual conforme a la Ley 11.723

© Ruben Gustavo Ayala Williams



lunes, 30 de junio de 2025

Mi verdad silenciada: testimonio de un padre excluido

 

Mi verdad silenciada: testimonio de un padre excluido

Por Rubén Gustavo Ayala Williams
Todos los derechos reservados – Ley 11.723


Después de más de treinta años de matrimonio, de trabajo incansable, de construir un hogar y criar hijos con amor, me encontré solo. Sin casa. Sin familia. Señalado. Condenado sin juicio.

Y esta es mi verdad. No la que otros contaron. No la que se murmura por las redes o en los pasillos. La que yo viví. La que no fue escuchada.

Un día, la madre de mis hijos me dijo que ya no me amaba. Que había otro. Un viejo conocido de su infancia. Todo estaba planeado. Lo descubrí en mensajes. Cuando la enfrenté, no hubo explicaciones, solo furia. Mi hijo mayor, Maximiliano, intentó defenderme y fue echado de su casa. Yo, en cambio, me sumí en el dolor.

Caí. Me refugió el alcohol, el cigarrillo, palabras dichas en momentos de desesperación. No fui violento. Fui un hombre quebrado. Pero usaron ese estado emocional para denunciarme y excluirme de la casa que construí con años de esfuerzo.

Tiempo después, ella abandonó el hogar, llevándose a nuestro hijo menor, Isaías. Me dejó en la más absoluta soledad. Y en esa soledad, me equivoqué: me vinculé con otra mujer. La relación duró poco. Pero bastó para que llegara otra denuncia. Ya no vivíamos juntos, pero la Justicia volvió a actuar: una orden de desalojo. La policía tocó mi puerta y tuve que irme.

Sin casa, sin apoyo, terminé en la calle.

Dormí en plazas. Viví con frío. Me insultaron. Me golpearon. Me robaron. Escuché disparos. Me hundí. Pasé semanas que no le deseo a nadie. Y aun así, no dejé de soñar con volver a empezar.

Pedí ayuda en un hogar. Me abrieron las puertas. Empecé tratamiento. Comencé a sanar. Hoy recibo una pensión por discapacidad, producto de mi operación de columna y el desgaste físico tras tantos años de trabajo. Con esa pensión cumplo mi obligación: pago la cuota alimentaria por mi hijo menor.

Pero la justicia no actúa igual para todos.

Se dispuso que Isaías reciba tratamiento psicológico para reconstruir el vínculo conmigo. No se cumple. Y nadie lo exige. A mí, en cambio, me descuentan sin falta. Lo acepto, pero también lo señalo.

Hoy, al caminar por mi barrio de siempre, San Ignacio en Bernal, me cruzo con vecinos que me juzgan. Que me dicen “eso te pasó por borracho”. Que me amenazan, me corren, me quieren golpear o denunciar. No conocen mi historia. No saben todo lo que perdí. No saben cuánto me dolió.

No soy un borracho. Soy un hombre que atravesó una crisis emocional profunda. Que cayó. Que se desordenó. Pero que se levantó. Estoy en tratamiento. Estoy lúcido. Estoy firme. Y tengo derecho a pedir justicia.

Incluso mi hijo mayor, que ahora vive en Barcelona, me amenazó por mensaje diciéndome que no me meta más con su madre “porque me puede pasar algo”. Lo denuncié. No por odio. Sino porque también tengo derecho a vivir sin miedo.

Mi familia se quebró. Algunos de mis hermanos me insultan por redes sociales. La mirada social me condenó. Pero mi conciencia está en paz. Porque mi verdad existe, aunque nunca haya sido escuchada.

Hoy quiero volver a mi casa. No quiero que nadie quede en la calle. Ni mi exesposa ni mis nietos. Pero tampoco es justo que yo, que lo di todo, hoy no tenga nada.

No tengo abogado. No tengo dinero. Pero tengo voz. Tengo palabra. Tengo derecho a contar mi historia.

Estoy siendo acompañado por la Defensoría N.º 4 de Quilmes. Y esta súplica va dirigida al Juzgado de Familia N.º 4, ubicado en Alvear 480, Quilmes, para que escuchen este testimonio. Para que la justicia no sea solo para quien puede pagarla, sino también para quien se atreve a contar su dolor.

Esta es mi verdad.
Y por fin, hoy, tiene nombre.
Y tiene dueño.

Si leiste esta historia y te gusto te invito a compartir y que me dejes un comentario.


Rubén Gustavo Ayala Williams
Blog: Palabras, Solo Palabras

Radio Murmullo
Quilmes, Buenos Aires –Julio 2025
🖋️ Obra protegida por la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual. Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización expresa del autor.



domingo, 29 de junio de 2025

Me hablaste al corazón y me diste un nuevo comienzo

 

Oración: Me hablaste al corazón y me diste un nuevo comienzo

Señor amado,
gracias por hablarme al oído cuando más lo necesitaba,
cuando el mundo solo gritaba para herirme
y el silencio de la soledad pesaba más que cualquier palabra.

Tú me hablaste sin juzgarme,
me abrazaste sin condiciones,
me levantaste sin pedir explicaciones.

Después de todo lo que tuve que pasar,
después de todo lo que tuve que soportar —el rechazo, la injusticia, la calle, la humillación—
tú estuviste ahí…
cuando nadie más quedó.

Hoy vengo ante Ti con el corazón quebrantado,
consciente de que he caminado por sendas de dolor y oscuridad,
pero con la esperanza viva de que Tu luz puede transformar mi vida.

Decido escucharte,
porque Tu Palabra es viva, es verdad, es guía en medio del caos.
Abro mi corazón para recibirte, Jesús de Nazaret,
como Salvador, como amigo fiel, como Señor de mi historia.

Reconozco mis errores, mis pecados, mis caídas...
no para quedarme en la culpa,
sino para levantarme en tu gracia que todo lo renueva.

Me arrepiento de corazón.
Te entrego mi pasado con todas sus sombras,
y me aferro a tu promesa de una vida nueva.

Confieso con mis labios que Tú eres el Señor,
y creo con todo mi ser que venciste la muerte para darme vida eterna.

Justifícame por la fe,
no por mis méritos, sino por tu sacrificio de amor.
Sumérgeme en las aguas del bautismo, espiritual y literal,
para morir al viejo yo, y renacer como una nueva creación.

Ayúdame a cambiar mi estilo de vida,
a dejar atrás todo lo que me aleja de Ti.
Enséñame a vivir en santidad,
no como una carga, sino como una expresión de gratitud y libertad.

Y cuando mis pasos flaqueen,
recuérdame tu voz en medio del desierto,
tu presencia en el dolor,
tu fidelidad en la noche.

Dame un corazón obediente,
que no solo te escuche… sino que también te siga.
Porque obedecer tu Palabra no es perder la vida,
sino hallarla plenamente en Ti.

Gracias, Dios eterno, por las segundas oportunidades,
por las puertas abiertas, por el perdón inmerecido.
Gracias porque aunque muchos me dieron por perdido,
Tú me volviste a llamar por mi nombre.

Aquí estoy, Señor.
Vivo. De pie. En tus manos.
Hazme nuevo.
Hazme tuyo.
Y nunca dejes de hablarme al corazón.

Amén.


✍️ Rubén Gustavo Ayala Williams
📜 Texto protegido por la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual.
📘 Publicado en el blog “Palabras, Solo Palabras”
🌐 https://gustavowilliams.blogspot.com

🌐 https://radiomurmullo.blogspot.com/




La Historia de la Bandera Argentina: 214 Años de un Símbolo que Une a la Nación: 📚 Una invitación a conocer nuestra historia

  🇦🇷 La Historia de la Bandera Argentina: 214 Años de un Símbolo que Une a la Nación Desde la visión de Manuel Belgrano hasta convertirse ...

Entradas Populares