Cumplí 56 años: entre el silencio, el afecto y el agradecimiento. Cuando la ausencia duele, pero la paz permanece.
Cumplí 56 años: entre el silencio, el afecto y el agradecimiento. Cuando la ausencia duele, pero la paz permanece.
Cumplí 56 años… y, una vez más, mis hijos no estuvieron presentes en este día. Sin embargo, muchas personas que no conozco me hicieron sentir hoy su afecto sincero. Recibí numerosos saludos a través de mis redes —Facebook, Instagram, X— y quiero agradecer de corazón cada mensaje.
En mi vida he cometido errores, especialmente en mis palabras; errores que en su momento creí que podían repararse. Soñé con tener una familia, hijos, un hogar… y lo tuve. Con el tiempo, distintas decisiones y situaciones nos fueron alejando, hasta dejarme hoy fuera de ese espacio familiar. No voy a caer en reproches. Me quedo con el afecto sincero que sí recibí, aunque no lo voy a negar: me hubiera gustado, al menos, un saludo de mis hijos.
Aunque mis hijos me hayan olvidado, aunque me hayan soltado y hoy camine solo, aunque haya quedado fuera de mi propio hogar… no lograron vaciarme. No pudieron quitarme lo más importante: mi paz.
No escribo estas palabras para aprovechar una fecha ni para reclamar nada material. Escribo desde un lugar más profundo: la necesidad de ser escuchado y, sobre todo, de invitar a una reflexión sincera. La vida nos enfrenta a situaciones complejas, y cada uno construye su propia versión de los hechos. Pero también es cierto que, a veces, no medimos con la misma vara: se juzga con dureza a unos y con comprensión a otros. Y en ese desequilibrio, muchas veces, se rompen vínculos que podrían haberse cuidado de otra manera.
Yo reconozco mis errores, me hago cargo de lo que dije y de lo que pudo haber lastimado. He pedido perdón, y lo vuelvo a hacer si es necesario. Pero también creo que el reconocimiento y la autocrítica deberían ser caminos compartidos, no de una sola parte. A ustedes —Maximiliano, Isaías y Johanna— les hablo sin enojo, pero con verdad: siento tristeza por la distancia, por el silencio y por el tiempo que pasa sin encontrarnos. No los juzgo, pero sí deseo que algún día puedan mirar esta historia con una mirada más amplia, más justa, más humana.
El tiempo siempre acomoda las cosas. Y si estoy equivocado, también sabré reconocerlo. Pero si el tiempo acerca, si el tiempo sana, si el tiempo vuelve a abrir puertas… yo voy a estar del otro lado, esperando ese abrazo.
Porque cuando el alma aprende a abrazarse a sí misma, la soledad deja de ser herida: ya no duele; enseña, fortalece y también salva. Se convierte en refugio, en compañera de camino. Y aunque deba seguir andando junto a ella, jamás cerraré la puerta a la posibilidad de volver a abrazarlos. Porque, a pesar de todo, por siempre los voy a amar.
“Palabras, solo palabras: relatos de mi vida marcados por el amor, la lucha y la esperanza, contados palabra por palabra.”
Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre excluido de su hogar
Autor y compositor
Podrán quitarme mi hogar, y la justicia no atenderme, pero jamás podrán borrar la verdad que llevo escrita en mi alma.
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