EL ÚLTIMO VIAJE Reflexión sobre el tiempo, el amor y lo que verdaderamente permanece

 

EL ÚLTIMO VIAJE

Reflexión sobre el tiempo, el amor y lo que verdaderamente permanece

El último viaje llega sin avisar, sin prepararnos, sin que podamos decidirlo.
A veces no nos permite ni despedirnos: nos vamos sin un adiós, sin un abrazo, sin un “te amo”, sin un “perdóname”.

Mientras vivimos, hacemos planes y recorremos muchos caminos, casi nunca pensamos en ese viaje final que llega cuando menos lo esperamos y, como un ladrón silencioso, nos transporta a otro plano. Deja una estela de dolor y llanto, es incomprensible y cuesta aceptarlo, porque duele tanto que hasta respirar se vuelve difícil para quienes quedan.

Vivimos corriendo detrás de cosas pasajeras, acumulando bienes y apegándonos a lo efímero, aun sabiendo —en el fondo— que nada nos llevaremos. A veces salimos de casa dando un portazo, sin imaginar que quizá ese sea el último recuerdo que dejemos. Así vivimos muchas veces: inconscientes del valor inmenso de cada instante.

Ver partir a tantas personas a mi alrededor me obligó a detenerme y reflexionar. Al mirar mi propia vida entendí que el tiempo se gasta, que todo se vuelve eco, y que lo único que realmente permanece es aquello que se ama y se entrega de corazón.

El tren de regreso no avisa.
No le importa si estamos listos o no.
Simplemente llega… y nos lleva.

Por eso hoy decido no postergar más. Descubro que este momento es el único real, el único seguro, el único en el que puedo ser y actuar. Y elijo vivirlo como si fuera el último, con la verdad por delante y el corazón abierto.

En ese último viaje no quiero despedirme, porque sé que siempre estaré.
Estaré por los errores que cometí, porque también ellos me enseñaron.
Estaré por mis luchas, por mis sueños alcanzados y por no haberme rendido cuando todo parecía perdido.
Estaré porque construí una familia; y aunque me hayan excluido, me quedo con los recuerdos que nadie puede arrebatarme: el día de mi casamiento, el nacimiento de cada uno de mis hijos, la llegada de mis nietos, los árboles que planté y las raíces profundas que dejé.

Antes de partir, si ese momento llega, mi mayor anhelo no es explicar ni justificar nada. Es reencontrarme. Poder fundirme en un abrazo sincero con la madre de mis hijos, no desde las heridas del pasado, sino desde el respeto por lo vivido y por lo que nos unió. Abrazar a mis hijos y mirarlos a los ojos para que sepan que siempre estuvieron en mi corazón, aun en la distancia. Y abrazar a mis nietos, para que sientan que el amor no se rompe, que se transforma y permanece.

Agradezco a Dios por todo lo vivido, por lo aprendido, por mis fallas y, sobre todo, porque he amado. Porque amar es lo único que verdaderamente llena el alma. Para amar fuimos creados, y en el amor encontramos sentido incluso al dolor.

Estoy escribiendo mi libro Palabras, solo palabras, y sé que me leen.
Ojalá que, antes de que llegue ese último viaje, pueda volver a abrazarlos.
Porque hay abrazos que no se despiden: esperan.

“El último viaje no se lleva lo que tuvimos; se lleva lo que no nos animamos a decir.”

Reflexión final

Vivir es aprender a soltar lo material para abrazar lo esencial.
El tiempo no se guarda: se honra.
Y la única herencia verdadera es el amor que dejamos sembrado.

Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre excluido
Autor y compositor registrado – DNDA

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