domingo, 2 de noviembre de 2025

Hijo mío, carta de un padre invisible, Cuando el amor no encuentra justicia

 

💔 Hijo mío, carta de un padre invisible

Cuando el amor no encuentra justicia

Por Ruben Gustavo Ayala Williams – Blog “Palabras, solo palabras y derechos”
(Obra protegida por Ley 11.723 – Derechos de Autor, República Argentina)


I. El eco de una risa perdida

Cuando cierro los ojos, todavía intento recordar el sonido de tu risa. Era un sonido limpio, lleno de vida, la prueba más pura de que la felicidad existía en lo simple. Hoy, ese eco se confunde con el silencio que me dejó la distancia.

No soy un padre ausente, aunque me hayan hecho parecerlo. No elegí irme, ni dejarte atrás. Fui empujado, apartado y silenciado. Me convirtieron en un espectador de mi propia vida, en un padre que sigue amando, pero al que se le niega el derecho de demostrarlo.


II. El amor herido y la verdad fragmentada

Tu madre y yo compartimos años de familia, de luchas, de proyectos y de afecto. Pero llegó un tiempo oscuro donde la confianza se quebró. Hubo engaño, dolor y decisiones que marcaron un antes y un después. Me sentí traicionado no solo por un acto, sino por lo que vino después: el relato que me dejó sin voz.

La historia fue contada de un solo lado, y en ese relato yo pasé a ser el culpable de todo. Ella encontró en la victimización un refugio y en la manipulación una forma de sostener su versión. Yo, desbordado por la impotencia, reaccioné con enojo y desesperación. Pero nadie quiso escuchar el contexto, nadie miró más allá del momento.

Así, la justicia me fue cerrando sus puertas. Me excluyeron de mi propio hogar. Me dejaron sin espacio, sin derechos y, lo más doloroso, sin vos. Ella se quedó con todo: la casa, la historia y hasta la verdad que los demás decidieron creer.


III. La justicia que calla y la voz que resiste

La justicia debería ser el equilibrio del alma, el lugar donde la verdad y la razón se encuentran. Pero muchas veces se transforma en un muro frío donde solo se escucha una versión. Los padres como yo somos vistos con desconfianza, juzgados antes de ser oídos, y condenados sin defensa posible.

Soy uno de esos padres invisibles que viven entre expedientes y sentencias. Padres que aman, pero que no tienen un lugar donde demostrarlo. Padres que no buscan venganza, sino una oportunidad de ser escuchados. Porque cuando la justicia calla, la palabra se vuelve resistencia.


IV. La palabra como refugio

Hoy escribo porque es mi única forma de expresarme. Porque el silencio se ha vuelto insoportable. Escribo para vos, hijo mío, y para todos los que viven esta misma injusticia silenciosa.

No escribo para atacar, sino para dejar testimonio. Para que quede constancia de que la verdad puede ser negada, pero no borrada. Que el tiempo no destruye lo que nace del amor, y que ningún expediente puede contener el vínculo entre un padre y su hijo.

Tu madre fue quien rompió el puente, y todavía no ha podido reconocerlo. Defraudó los sueños que habíamos construido, y su orgullo se volvió un muro entre nosotros. Pero no hablo desde el rencor, sino desde el dolor. Porque quien no asume sus actos no solo hiere a otros: también se pierde a sí mismo.


V. Esperar sin odio, creer sin rendirse

Ya pasaron seis años desde la última vez que te vi. Seis años en los que aprendí que el tiempo no cura todo, pero enseña. Que la paciencia también es una forma de amor. Que el corazón puede seguir creyendo, aun cuando la justicia no escucha.

Yo sigo acá, hijo. Con la puerta abierta, con la luz encendida, con la esperanza intacta. No busco revancha. Busco reparación, verdad y dignidad. Busco que un día puedas leer estas palabras y entender que todo lo que hice, incluso mis errores, nacieron del amor y del dolor de no poder abrazarte.


VI. Reflexión final: cuando alguien tiene que escuchar

Porque alguien, algún día, tiene que escuchar.
Porque amar a un hijo no puede ser un delito.
Porque los padres también tienen derecho a ser oídos.
Porque detrás de cada silencio hay una historia que merece justicia.

Y porque, aunque el sistema me haya borrado de los papeles, un padre nunca deja de serlo.


Ruben Gustavo Ayala Williams
Blog: “Palabras, solo palabras y derechos”
© Obra protegida por Ley 11.723 – Derechos de Autor (Argentina)
Todos los derechos reservados.



viernes, 31 de octubre de 2025

El hombre que la justicia olvidó Una mentira, una denuncia y el silencio de un sistema que castiga al inocente

 

📖 El hombre que la justicia olvidó

Una mentira, una denuncia y el silencio de un sistema que castiga al inocente

Por Rubén Gustavo Ayala Williams
© Derechos Reservados – Ley 11.723


Treinta años de matrimonio parecían haber construido una historia sólida, tejida entre luchas, sacrificios y sueños comunes. Había amor, o al menos eso creía él. Una casa humilde pero levantada con esfuerzo, hijos que crecían bajo su mirada protectora, una rutina que tenía el perfume de lo cotidiano y el peso de lo vivido. Pero un día, sin previo aviso, la vida se quebró como un vidrio bajo una piedra lanzada desde la mentira.

Ella se había enamorado de otro. No lo dijo, no lo enfrentó, no lo miró a los ojos para confesarlo. En cambio, eligió el camino más cruel: una denuncia falsa.
A través de unas pocas palabras escritas en un expediente, logró lo que la verdad no habría permitido: que la justicia lo expulsara de su propio hogar, que lo despojara de su identidad como padre, y que el barrio lo señalara como un monstruo.

En cuestión de días, el hombre que había sido esposo, padre y sostén, se convirtió en un “acusado”, en un “peligro”, en un “nadie”.
La justicia, esa que debería investigar antes de condenar, no quiso escuchar su versión. No hubo pruebas, ni testigos, ni fundamentos sólidos. Bastó la palabra de ella. Bastó una lágrima para que un juez dictara su exclusión, para que los vecinos bajaran la mirada, y para que su hijo menor —entonces apenas un niño— fuera alejado de sus brazos.

Lo que vino después fue una larga caída sin fin.
Vivió en la calle. Pasó hambre. Durmió bajo la lluvia, en plazas y estaciones. Compartió su soledad con perros abandonados, esos que no juzgan, que solo acompañan. Fue golpeado, herido, y hasta sobrevivió a un disparo. Nadie preguntó por qué un hombre caía tan bajo: todos ya creían saber la respuesta.

Los rumores se multiplicaron más rápido que la verdad.
Los vecinos, que antes lo saludaban, cruzaban la vereda. Sus hermanos, que compartieron infancia y sangre, dejaron de hablarle. “Algo habrá hecho”, murmuraban. En esa frase corta y cruel se resume el mayor pecado de esta sociedad: creer en el escándalo antes que en la verdad.

A los 55 años, aquel hombre sigue viviendo solo. La justicia que lo condenó al olvido jamás volvió a llamarlo. Hace seis años que no puede ver a su hijo menor. El niño tiene catorce, y casi no lo conoce.
No hay visitas, no hay abrazos, no hay derecho a la palabra.

Él cobra una pensión por discapacidad —una PNC— y de ahí mismo destina la cuota alimentaria, cumpliendo con lo que le corresponde, aun sin poder ejercer su derecho más básico: ser padre.
En cambio, ella, la denunciante, sigue ocupando la casa que construyeron juntos, se presenta ante los tribunales como víctima, y recibe el aval de un sistema que jamás se detuvo a preguntar si decía la verdad.
Porque cuando la mentira tiene rostro de mujer y el silencio de la justicia, el hombre no tiene dónde defenderse.


💔 El eco del abandono judicial

Él no busca venganza. Busca ser escuchado.
Busca volver a su hogar, no por orgullo, sino porque allí quedaron las fotos de sus hijos, los recuerdos de familia, los sueños truncos. Pero para la justicia su voz no existe: sin dinero para pagar un abogado, no hay audiencias, no hay respuestas, no hay humanidad.

Lo que la sociedad no comprende es que detrás de cada hombre destruido por una falsa denuncia hay un hijo que crece confundido, una verdad que se ahoga en el silencio, y una herida que se propaga como una sombra.

Los juzgados de familia se llenan de expedientes, pero vacíos de empatía.
Los funcionarios repiten frases de manual, los fiscales archivan sin leer, los jueces firman sin escuchar. Y mientras tanto, la vida de un hombre se apaga lentamente, como una vela que arde sin que nadie mire su luz.

Él ya no pide mucho. No pide un perdón que nadie se atreverá a darle.
Solo quiere mirar a su hijo a los ojos y decirle:
“Yo no te abandoné. Me alejaron.”


🕊️ Reflexión final: la verdad que no prescribe

Esta historia no es solo la suya. Es la de muchos hombres que fueron silenciados, expulsados, condenados sin pruebas.
Es la historia de un sistema que olvida que detrás de cada expediente hay una vida, una familia, un hijo que merece la verdad.

La justicia debería ser el refugio de la verdad, no el arma de la mentira.
Y la sociedad debería recordar que escuchar solo una versión de los hechos es tan peligroso como callar ante una injusticia.

A veces, el peor castigo no es la prisión, sino el olvido.
Y el mayor crimen, no es mentir… sino destruir la vida de alguien con esa mentira.

Él sigue esperando.
Sigue creyendo que algún día su hijo sabrá todo.
Y que cuando ese día llegue, la verdad —esa que nunca muere, solo duerme— volverá a abrir las puertas del hogar que la injusticia le cerró.


✍️ Por Rubén Gustavo Ayala Williams
📖 Palabras, Solo Palabras
© Derechos de Autor – Ley 11.723



Cuando la Justicia elige no escuchar al padre

 

💔 Cuando la Justicia elige no escuchar al padre

El silencio judicial que destruye vínculos, inventa culpables y deja huérfanos de amor a miles de niños en nombre del “interés superior del menor”

En los juzgados de familia de nuestro país, cada día se repite una escena que duele y se oculta: un padre llega con la esperanza de ser escuchado, de poder explicar su verdad, de demostrar que no es el monstruo que describen en los papeles. Pero la puerta de la Justicia, la que debería estar abierta para todos, suele cerrarse cuando quien pide ser escuchado es un hombre que solo reclama poder amar y ver a sus hijos.

El sistema judicial de familia parece haber olvidado que detrás de cada expediente hay vidas reales, lágrimas, ausencias y niños que sufren en silencio. En muchos casos, una sola versión —la de la madre— se convierte en verdad absoluta, sin pruebas sólidas ni derecho a réplica. Se dictan medidas de restricción, exclusiones del hogar, pericias psicológicas superficiales y decisiones tomadas sin conocer el fondo de la historia.

Así, la Justicia se convierte en un engranaje que fabrica distancia.
Transforma al padre en un visitante, en un extraño, en un recuerdo.
Y mientras tanto, ese niño crece bajo un relato impuesto, creyendo que fue abandonado, cuando en realidad fue arrebatado.

Detrás de cada resolución judicial que impide el contacto entre un padre y su hijo, hay noches sin sueño, cumpleaños ausentes, cartas que nunca se entregan, abrazos que se vuelven imposibles.
Pero también hay algo más grave: una herida invisible que queda marcada en el alma del niño, una herida que no se cura con el tiempo, porque fue construida con la mentira.

Muchos padres son condenados sin juicio ni defensa.
Se les quita el derecho de ejercer su rol, de acompañar el crecimiento, de estar presentes.
Y todo eso, muchas veces, por una simple denuncia basada en el enojo, la venganza o la manipulación emocional.
La Justicia, que debería proteger la verdad, termina siendo cómplice del odio.


💭 Reflexión final

Cuando un padre es silenciado, no solo se castiga al hombre, se castiga a los hijos.
Cuando un juzgado cree sin verificar, destruye lo que dice proteger: la familia.

Es urgente repensar el sistema judicial de familia.
Necesitamos juzgados que escuchen a ambos, que investiguen con equilibrio, que comprendan que el amor de un padre no es una amenaza, sino una necesidad vital para el desarrollo emocional de un niño.

Porque ningún niño debería crecer odiando a uno de sus padres sin conocer la verdad.
Porque ningún padre debería morir en vida esperando que un juez lo deje volver a abrazar a su hijo.

El día que la Justicia entienda que escuchar al padre también es proteger al niño, ese día podremos hablar de verdadera equidad, de derechos humanos, de reparación.
Hasta entonces, seguiremos alzando la voz, aunque el sistema prefiera el silencio.


✍️ Palabras, Solo Palabras
📜 Derechos Reservados – Ley 11.723



miércoles, 29 de octubre de 2025

Aún creo en el regreso del amor Porque todavía sueño en recuperar lo que amé: mi familia, mis hijos, su madre, mis nietos, mi hogar…

 

🌅 Aún creo en el regreso del amor

Porque todavía sueño en recuperar lo que amé: mi familia, mis hijos, su madre, mis nietos, mi hogar…

Hay sueños que no mueren. Se apagan por momentos, se esconden detrás de las heridas, pero no se apagan del todo.
Siguen respirando en el silencio de las noches, en el recuerdo de una risa que ya no escucho, en los nombres que pronuncio sin voz pero que mi corazón no olvida.

He caminado bajo la lluvia, con la mirada perdida en los días que no vuelven.
He dormido en lugares donde el frío se mezclaba con la soledad, y aun así, dentro de mí, algo seguía ardiendo:
el amor por esa familia que me excluyó, pero que jamás dejé de amar.

No guardo rencor. El rencor enferma, apaga la luz del alma.
Yo elijo otra cosa: elijo esperar, elijo creer, elijo seguir soñando.
Porque amar no es poseer, es desear el bien incluso desde la distancia.
Y aunque el tiempo haya borrado mis pasos de aquella casa que una vez fue hogar, aún imagino sus puertas abiertas, el perfume de la cocina, las voces mezcladas, el abrazo que todo lo cura.

A veces me pregunto si ellos sabrán cuánto los amo.
Si recordarán los momentos sencillos: una comida compartida, una charla a medianoche, una canción en la radio, una mirada que decía “todo va a estar bien”.
Tal vez no lo sepan. Tal vez sí. Pero lo que sí sé es que mi amor no cambió.
Ni el dolor pudo romperlo, ni la distancia borrarlo, ni la injusticia extinguirlo.

Dios conoce los caminos del corazón mejor que nadie.
Él sabe cuánto esperé, cuánto recé, cuánto lloré en silencio.
Sabe que en cada amanecer le pedí fuerza, no para olvidar, sino para resistir.
Porque aún tengo esperanza en el milagro más grande: volver a reunir lo que la vida separó.

Todavía sueño con volver a mi hogar.
Con escuchar otra vez esas voces, con ver crecer a mis hijos, con conocer la risa de mis nietos, con compartir un mate en la mesa donde alguna vez todo comenzó.
Sueño con la reconciliación, con el perdón, con el reencuentro.
Con esa paz que solo puede nacer cuando el amor vence al orgullo, cuando el pasado se abraza sin reproches, y cuando todos entendemos que, a pesar de los errores, sigue habiendo un nosotros posible.

He aprendido que la vida siempre da una segunda oportunidad,
que no hay corazón tan roto que Dios no pueda reconstruir,
ni historia tan herida que el amor verdadero no pueda sanar.


💫 Reflexión final

No sé cuánto tiempo más pasará.
No sé si el destino volverá a cruzarnos bajo el mismo techo, ni si mis manos volverán a sentir el calor de los abrazos que tanto extraño.
Pero de algo estoy seguro:
prefiero seguir amando en silencio, que rendirme al olvido.

Porque amar, incluso desde la distancia, es seguir creyendo.
Y creer, aun sin garantías, es la forma más pura de la fe.

Quizás la vida me enseñó tarde lo que debía cuidar temprano,
pero también me regaló la sabiduría de entender que nunca es tarde para volver a empezar de nuevo.

Y si un día ellos vuelven,
no encontrarán en mí reproches, ni juicios, ni heridas abiertas…
Solo un corazón esperándolos, como el primer día,
con la misma ternura, con el mismo deseo, con la misma esperanza.

Porque el amor —cuando es verdadero—
no se rinde, no se olvida, no muere.
Solo espera.


✍️ Rubén Gustavo Ayala Williams
Palabras, Solo Palabras
📜 Todos los derechos reservados — Ley 11.723



lunes, 27 de octubre de 2025

El Jardín del Hogar Donde el amor no se rinde, y las raíces siempre recuerdan dónde nacieron.

 

🌿 El Jardín del Hogar

Donde el amor no se rinde, y las raíces siempre recuerdan dónde nacieron.

Formar un hogar es uno de los actos más profundos del alma humana. No se trata solo de levantar paredes ni de compartir un techo; es construir un espacio donde los corazones se reconocen, donde la vida encuentra refugio, donde los días se sostienen con ternura, paciencia y fe.

Un hogar, como un jardín, necesita cuidado constante. No florece solo porque una vez se sembró el amor. Crece cuando se lo riega con comprensión, cuando se lo abona con paciencia, cuando se lo protege del egoísmo y de la indiferencia.
Cada día requiere atención, y cada gesto sincero se convierte en una semilla que más tarde dará frutos.

La familia —ese jardín sagrado— es el lugar donde aprendemos a amar, a caer y a levantarnos, a perdonar y a ser perdonados. Pero también es donde, a veces, la vida nos pone a prueba. Donde la distancia, los silencios o las decisiones injustas pueden apartarnos del hogar que ayudamos a construir.
Aun así, el amor verdadero no desaparece: se queda quieto, como una semilla bajo la tierra, esperando la lluvia de un reencuentro.

He comprendido, con los años, que no basta con sembrar: hay que cuidar. Que no alcanza con amar: hay que sostener. Que no sirve de nada tener razón si se pierde la paz. Y sobre todo, que un hogar no se abandona, ni siquiera cuando nos excluyen de él.
Porque el verdadero amor —el que nace del alma— no reclama, no destruye, no olvida. Solo espera, confía y perdona.

Muchos me dirán: “¿Por qué seguir amando a quienes te dieron la espalda?”.
Y mi respuesta es simple: porque el amor no depende del resultado, sino de la esencia.
Porque uno no deja de ser padre, esposo o hermano por decreto, ni por sentencia, ni por silencio.
Porque el amor no se extingue: se transforma en oración, en deseo de bienestar, en esperanza de que algún día, el jardín vuelva a florecer.

Ser parte de una familia es un acto de fe. Es creer que, aunque hoy duela, la vida siempre da una nueva oportunidad. Que nunca es tarde para volver a construir, para volver a abrazar, para volver a empezar de nuevo.


🌺 Reflexión Final

El hogar no se mide por metros cuadrados, sino por la profundidad del amor que lo habita.
La familia puede romperse, dispersarse o incluso perder el rumbo, pero las raíces del amor verdadero siempre quedan vivas bajo la tierra del corazón.
Si alguna vez te apartaron, no devuelvas dolor: devuelve amor.
Porque el amor que perdona es el único capaz de reconstruir lo que el tiempo o el orgullo destruyeron.

Nunca es tarde para volver a empezar.
Nunca es tarde para decir “te amo”.
Nunca es tarde para volver al jardín y regar, con lágrimas y esperanza, lo que alguna vez floreció.


✍️ Rubén Gustavo Ayala Williams
📖 Palabras, Solo Palabras
🌿 “Porque aún entre las ruinas, el amor sigue floreciendo.”
© Todos los derechos reservados.
Obra protegida por la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual (Argentina)



martes, 21 de octubre de 2025

Cuando el amor se apaga, los hijos no deberían quedar a oscuras - Blog “Palabras, Solo Palabras”

 

💔 Cuando el amor se apaga, los hijos no deberían quedar a oscuras

Por Ruben Gustavo Ayala Williams – Blog “Palabras, Solo Palabras”

Hay heridas que no se ven, pero se sienten en el silencio de un niño.
Heridas que no nacen del abandono, sino del rencor.
Hoy, en demasiados hogares, el amor que alguna vez unió a dos personas se transforma en una lucha sin vencedores, donde los hijos terminan siendo testigos del resentimiento, cuando deberían ser testigos del amor.

Cuando el amor termina, algunos adultos no logran aceptar que el vínculo con la pareja cambió, pero la responsabilidad con los hijos permanece intacta.
En su afán de no perder nada —ni el techo, ni el dinero, ni el control— se pierde lo más valioso: el corazón del hijo.
Y mientras la justicia actúa con una mirada parcial, los niños crecen atrapados entre expedientes, audiencias y silencios que no comprenden.

El daño no está solo en lo que se dice, sino en lo que se enseña.
Un hijo que crece viendo odio aprende que amar puede ser peligroso, que perdonar es ceder, y que la figura del padre puede borrarse sin consecuencias.
Ese hijo, mañana, repetirá la historia con otra persona, con otra familia, con otro dolor.

Nadie gana cuando el rencor se instala.
Una madre que usa el enojo como escudo no solo aleja al padre, sino también a la paz de su propio hijo.
Un padre que calla ante la injusticia pierde el derecho a compartir abrazos, risas, días de escuela y noches de consuelo.
Y una justicia que escucha solo una voz olvida que detrás de cada causa hay un niño que necesita a ambos.

El amor entre los padres puede terminar.
Pero el respeto, el diálogo y la empatía deben sobrevivir para que los hijos no crezcan con el corazón dividido.
Proteger no es prohibir, cuidar no es castigar, y criar no es apropiarse de un hijo como si fuera un trofeo de una batalla.

El verdadero amor parental se demuestra cuando uno puede dejar de lado el orgullo y mirar primero el bienestar emocional de los hijos.
Ellos no necesitan testigos de la venganza, sino ejemplos de madurez.
No necesitan héroes ni culpables, sino padres que aprendan a convivir con las diferencias sin destruir la infancia que ambos ayudaron a crear.


🌅 Reflexión final

Hoy escribo no solo como escritor, sino como padre.
Fui excluido de mi hogar, separado de mis hijos por mentiras que crecieron hasta volverse un muro entre nosotros.
Me duele saber que tal vez hoy me miren con enojo, con rechazo o con la historia mal contada que otros les narraron.
Pero a pesar de todo, mi amor por ellos sigue intacto.

No busco revancha, busco verdad.
No quiero dividir, quiero sanar.
Sueño con el día en que pueda mirarlos a los ojos y contarles mi verdad, no con rencor, sino con amor.
Porque el amor de un padre no muere, aunque lo silencien.
Permanece esperando, con paciencia y esperanza, el momento en que los corazones se vuelvan a reconocer.

Si algún día mis hijos leen estas palabras, quiero que sepan que nunca dejé de amarlos, que cada noche los recuerdo, que cada oración lleva su nombre y que, a pesar de todo, sigo creyendo en la unión de la familia que alguna vez supimos tener.
La verdad no busca castigar: busca liberar.
Y solo la verdad, dicha con amor, puede volver a unir lo que el rencor separó.


✍️ Ruben Gustavo Ayala Williams
📖 “Palabras, Solo Palabras” – Blog registrado
📜 Derechos de autor reservados según Ley 11.723



domingo, 19 de octubre de 2025

Jamás es tarde para volver a empezar de nuevo: Una reflexión sobre el amor, el tiempo y los caminos que Dios nos permite recorrer

 

Jamás es tarde para volver a empezar de nuevo

Una reflexión sobre el amor, el tiempo y los caminos que Dios nos permite recorrer

A Claudia Noemí, madre de mis hijos
Porque el amor verdadero nunca deja de existir

A Claudia Noemí, madre de mis hijos:
aunque la vida nos separó hace ya seis años, quiero que sepas que siempre te voy a amar.
El tiempo puede borrar muchas cosas, pero no los recuerdos de una historia compartida ni el amor que alguna vez fue refugio, familia y esperanza.

Hoy, en este Día de la Madre, deseo que tu corazón se llene de paz y de ternura; que la sonrisa de nuestros hijos y nietos ilumine tu día, y que cada gesto de ellos te recuerde lo hermoso que fue —y sigue siendo— el milagro de haberlos traído al mundo juntos.

La vida, con sus vueltas y sus silencios, nos enseñó que no siempre se puede volver atrás, pero sí se puede mirar hacia adentro y agradecer lo vivido, incluso lo que dolió.
Porque en cada lágrima también hubo amor, y en cada despedida, un aprendizaje.

Quiero que sepas que, más allá de todo, te guardo respeto, gratitud y cariño.
Dios sabe cuánto amé, cuánto di y cuánto sigo creyendo que jamás es tarde para volver a empezar de nuevo, aunque sea desde la distancia y la serenidad del alma.

Que Dios te bendiga, te cuide y te abrace con su infinita misericordia.
Y que, al cerrar los ojos esta noche, sientas que alguien —en silencio— sigue deseándote todo lo mejor.

Jamás entendí por qué nos separamos después de treinta años de matrimonio.
Treinta años de vida compartida, de sueños, de hijos, de silencios y de días que parecían eternos… Treinta años donde el amor, a veces cansado, seguía respirando entre las heridas y los intentos de comprendernos.

A veces miro atrás y me pregunto en qué momento dejamos de mirarnos con el alma.
Tal vez fue el peso de los días, las palabras no dichas o el orgullo que nos cegó. Tal vez fue el destino, o simplemente la vida, que nos puso a prueba para enseñarnos que el amor verdadero no siempre se mide en distancia ni en tiempo, sino en la huella que deja en el corazón.

Hoy, después de todo, solo sé que jamás es tarde para volver a empezar de nuevo.
Porque mientras tengamos vida, mientras el sol siga saliendo y el corazón siga latiendo, Dios nos ofrece la oportunidad de sanar, de perdonar y de volver a amar —aunque sea desde el alma.

No escribo estas palabras para buscar culpas, sino para agradecer.
Agradecer por lo vivido, por los hijos que son la más grande bendición, por los recuerdos que me enseñaron el valor del amor, y por seguir respirando, sabiendo que aún puedo sentir.

Hoy doy gracias a Dios porque aún estamos vivos, porque todavía podemos elegir la paz, tender una mano o simplemente desearle al otro un día lleno de luz.

El amor no siempre termina. A veces solo se transforma.
Y cuando se transforma con fe, se vuelve eterno.

🕊️
Rubén Gustavo Ayala Williams
Palabras, Solo Palabras
© Todos los derechos reservados – Ley 11.723



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