Excluido de mi propia casa por la madre de mis hijos

 

Excluido de mi propia casa por la madre de mis hijos

La historia de un padre que lo dio todo por amor y aún sostiene su vida con la fuerza de la verdad

Un padre puede perder su casa, pero nunca deja de esperar el abrazo de sus hijos.

Hay heridas que no se ven y silencios que pesan más que las palabras. A veces la vida golpea con una fuerza inesperada y parece arrebatarnos todo: el hogar, la tranquilidad y hasta los abrazos que daban sentido a los días. Sin embargo, cuando el dolor atraviesa el tiempo, queda algo que nadie puede quitar: la verdad que vive en la conciencia.

La verdad no necesita gritos ni enfrentamientos. Camina en silencio, madura con los años y encuentra su lugar aun cuando todo parece confuso. Tal vez el camino parezca injusto, tal vez la distancia se vuelva grande, pero el amor de un padre no desaparece con el tiempo ni con el silencio.

Un padre sigue siendo padre aun cuando no lo nombren, aun cuando no lo escuchen, aun cuando tenga que empezar otra vez desde la nada. Porque la paternidad no depende de un techo ni de un papel: vive en el corazón y en la memoria.

El hogar puede perderse, los bienes pueden desaparecer y la justicia puede tardar en comprender, pero la verdad permanece escrita en el alma de quien sabe que dio lo mejor que tenía.

La esperanza es la luz que mantiene vivo el camino. Mientras exista esperanza, siempre será posible volver a abrazar, volver a construir y volver a vivir.

No escribo estas palabras desde el rencor sino desde la memoria. No para señalar culpables sino para dejar testimonio de lo vivido. Porque hay historias que necesitan ser contadas para que el silencio no las borre.

Esta es la historia de un padre que un día se encontró lejos de su propio hogar, tratando de comprender cómo la vida puede cambiar de un momento a otro, y aprendiendo a seguir adelante sin perder la dignidad ni la fe.


Sombras del Ayer

Fui un hombre que caminó dentro de su propio hogar con sueños y esperanzas.
Levanté paredes con esfuerzo y con fe, creyendo que el amor era suficiente para sostenerlo todo.

Pero el tiempo cambió las cosas, y lo que parecía firme se volvió frágil como arena entre los dedos.
Hoy quedan recuerdos que resisten, como pequeñas luces encendidas en medio de la distancia.

Amé con sinceridad y entregué lo mejor que tenía, creyendo en un proyecto de vida compartido.
Con el tiempo comprendí que cada corazón guarda sus propias luchas y sus propias heridas.

Muchos sueños se quebraron en silencio.
Se apagaron risas, se alejaron momentos y el hogar que conocía dejó de ser mío.

Sentí que perdía no solo una casa, sino también una forma de vida.
Y lo más doloroso fue sentir la distancia con mis hijos, como si el tiempo hubiera levantado muros invisibles entre nosotros.

A veces sentí incomprensión, otras veces soledad.
Pero nunca dejé de pensar en ellos ni de esperarlos.

Tal vez hubo palabras que confundieron, silencios que separaron y decisiones que marcaron caminos distintos.
No pretendo juzgar a nadie, porque la vida tiene más matices de los que pueden caber en una sola historia.

Solo sé que el amor de un padre permanece aun en la distancia.

El tiempo sigue su marcha silenciosa, y con él llega la reflexión.
Confío en que algún día cada cosa encuentre su lugar y cada verdad pueda ser escuchada sin miedo.

No busco venganza ni castigo.
Solo deseo recuperar los abrazos perdidos y volver a construir desde lo que aún permanece vivo.

Porque un padre nunca deja de esperar.


Palabras, solo palabras: relatos de mi vida marcados por el amor, la lucha y la esperanza, contados palabra por palabra.

Podrán quitarme el techo o el hogar, y la justicia podrá tardar en escucharme, pero jamás podrán borrar la verdad que llevo escrita en el alma.

Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre excluido – Autor y Compositor
Palabras, solo palabras

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