DE PADRE A PADRE, DE HIJO A HIJO
Una carta desde el dolor, la distancia y la esperanza para Lionel Andrés Messi tras la partida de su padre, Jorge
“Hay padres que parten de este mundo, pero nunca se van de nuestra vida. Y hay hijos que, aun cuando la vida los separa de sus seres queridos, siguen buscando un abrazo que quedó pendiente.”
Querido Lionel:
La verdad es que no encuentro palabras justas para dirigirme a vos ante un dolor tan grande como el que estás atravesando. Leí tu mensaje a tu papá, Jorge, y te confieso que hoy lloré. Lloré porque tus palabras tocaron una parte muy profunda de mi propia historia.
Sé que hablás poco, pero cuando lo hacés sos contundente. Y esta vez no habló el capitán, ni el campeón del mundo, ni el futbolista que millones admiran. Habló simplemente un hijo despidiendo a su padre.
Quiero decirte, con muchísimo respeto, que te admiro no solamente como jugador de fútbol, sino también como persona, como esposo y como padre.
El pueblo argentino te quiere. Te admiran padres, madres, familias y, especialmente, los niños. Esos niños que se ponen una camiseta con tu nombre y sueñan, aunque sea por un instante, con ser Messi.
Y creo que eso también habla de la persona que sos.
Tenés a tu lado a Antonela, a tus hijos y una hermosa familia que construyeron juntos. Se nota el amor, la unión y los valores con los que los están formando. Para muchos, ustedes son un ejemplo.
Pero hoy quiero hablarte desde un lugar mucho más personal.
Yo también soy padre. Tengo tres hijos. Y hace siete años fui excluido de mi hogar. Perdí la casa familiar que habíamos construido con muchísimo sacrificio y, con ella, perdí algo que para mí era todavía más importante: la posibilidad de compartir la vida cotidiana con mis hijos.
Mi hijo mayor, Maximiliano, viajó a Barcelona y después de nuestra separación nunca más pude saber de él. Durante ocho años lo llevé a entrenar a las inferiores de Racing. Pasamos frío, calor, dificultades y hasta hambre. Muchas veces viajábamos en un ciclomotor, pero yo estaba ahí, porque era su papá y quería acompañarlo en su sueño.
Hoy ya no tengo contacto con él.
Mi hija Johanna vive en el mismo terreno donde está la madre de mis hijos y tampoco tenemos comunicación.
Y mi hijo menor, Isaías Thiago Benjamín, tiene hoy 15 años. Hace siete años que no puedo volver a verlo.
Son hijos que están vivos, pero a los que no puedo abrazar. Y quizás solamente otro padre pueda comprender lo que significa ese vacío.
También tuve una historia difícil con mis propios padres.
Conocí a mi padre biológico recién cuando tenía 17 años. Mi madre nunca me había contado toda la verdad sobre mi historia. Crecí con otro apellido y creyendo que otra persona era mi padre.
Hoy mis dos padres ya fallecieron.
Y me quedaron abrazos pendientes, conversaciones pendientes, palabras que quizás nunca dije y momentos que ya no puedo recuperar.
Por eso, cuando leí tu carta a Jorge, entendí muchas cosas que quizás otros no puedan comprender.
Vos escribiste que no sabés cómo seguir sin tu papá.
Y yo quiero decirte algo desde mi propia experiencia: cuando perdemos a alguien que amamos, no siempre sabemos cómo seguir. A veces simplemente seguimos caminando porque la vida nos obliga a hacerlo. Un día después de otro.
Hoy no tengo mi hogar familiar. Vivo con mi madre, que tiene 78 años. Vivimos con muchas dificultades y apenas nos alcanza para comer. Recibo una pensión no contributiva y, aun así, todos los días salgo a caminar y trabajo con mi pequeño kiosco ambulante en una feria de Quilmes para intentar salir adelante.
Pago mi cuota alimentaria por mi hijo menor, aunque hace siete años que no puedo verlo.
Perdí a mis padres.
Perdí mi casa.
Perdí el contacto con mis hijos.
Y, sin embargo, sigo adelante.
No porque sea fácil.
Sino porque todavía estoy acá.
Por eso hoy quiero acompañarte en tu dolor.
No pretendo decirte cómo tenés que sentirte ni cómo tenés que vivir este momento. Nadie puede enseñarle a un hijo cómo despedir a su padre.
Solamente quiero decirte que te permitas llorar, extrañarlo, recordarlo y hasta sentir bronca. Porque el amor también duele cuando alguien se va.
Tu papá estuvo con vos desde el comienzo. Te llevó a entrenar, te acompañó, sufrió con vos, disfrutó con vos y creyó en vos cuando todavía eras aquel chico que soñaba con jugar al fútbol.
Fue tu papá, tu amigo y tu representante.
Y ahora te toca a vos llevarlo de otra manera.
Lo vas a llevar en cada decisión, en cada consejo que recuerdes, en cada partido, en cada abrazo a tus hijos y, especialmente, en la forma en que los eduques.
Vos mismo lo dijiste: vas a enseñarles a tus hijos como ellos te enseñaron a vos.
Ahí también va a vivir Jorge.
No sé si vas a seguir jugando al fútbol mucho tiempo más. Eso solamente lo sabés vos y, algún día, lo sabrá tu cuerpo y tu corazón.
Pero todavía tenés mucho para dar.
Quizás dentro de una cancha.
Quizás fuera de ella.
Y seguramente tenés algo todavía más importante: una familia que te necesita, una esposa que te acompaña, hijos que te aman y tu mamá, que también necesita de vos.
Y quién sabe… algún día llegarán los nietos, y entonces seguramente vas a contarles quién fue aquel hombre que estuvo detrás de Lionel Messi.
Contales de Jorge.
Contales cómo te llevaba a entrenar.
Contales cómo sufría mirando tus partidos.
Contales que, aunque no siempre te regalaba elogios, siempre estuvo ahí.
Porque mientras alguien siga contando nuestra historia, una parte de nosotros nunca desaparece.
UNA REFLEXIÓN DESDE EL ALMA
A veces la vida nos enfrenta a pérdidas que no tienen explicación.
Hay quienes pierden a un padre cuando todavía tenían mucho por decirle. Hay quienes pierden un hogar aunque las paredes sigan en pie. Hay quienes tienen hijos vivos, pero no pueden abrazarlos. Y hay quienes cargan durante años con palabras que nunca pudieron decir.
Sin embargo, quizás la vida también nos enseña algo en medio de esas ausencias: que el amor verdadero no desaparece simplemente porque alguien se haya ido o porque una distancia nos impida abrazarnos.
Queda en la memoria.
Queda en las historias.
Queda en los gestos.
Queda en aquello que enseñamos a otros.
Y, sobre todo, queda en el corazón.
Por eso, Lionel, cuando el dolor sea demasiado grande y sientas que no sabés cómo seguir, quizás no tengas que buscar todavía una respuesta.
Simplemente seguí caminando.
Un día a la vez.
Porque quienes amamos no desaparecen completamente cuando parten. Se quedan viviendo en todo aquello que nos enseñaron y en todo el amor que somos capaces de entregar.
Fuerza, capitán.
Tu viejo todavía camina con vos.
Guardaré aqui tu carta: Pa, todavía no puedo creer que te hayas ido. No caigo, o mejor dicho, no quiero caer. Se me hace muy difícil imaginarme que ya no te voy a ver más, que no vamos a hablar más. Sé que estabas sufriendo y que es lo mejor, pero te fuiste muy pronto. Todavía nos quedaba mucho por disfrutar juntos.
Tanto me pedías que juegue el último Mundial y días antes de empezar fue cuando peor te pusiste. Era la primera vez que no ibas a estar en un torneo, pero mamá me decía que ibas a estar mejor y que ibas a estar bien para poder viajar. Yo te decía que íbamos a llegar a la final así podías viajar.
Cada vez que terminaba un partido esperaba y extrañaba tu mensaje. Ahí me di cuenta de que la situación era fea de verdad. Así y todo, no dejaba de pensar en llegar lo más lejos posible, para darte tiempo y que vieras un partido. Llegamos a la final y no pudiste estar. Quería ganarla para llevártela y mostrarte una nueva. No pude, las piernas no me daban más. Esta vez intenté ir contra mi físico, pero no pude. Nunca pude sentirme bien.
Cuando llegué creías que habíamos perdido la final por penales. No pudimos hablar de nada de todo lo que pasó. No pudiste disfrutar nada. No fuimos campeones, pero no sabés cómo disfrutamos cada partido. Una vez más, tenías razón: tenía que estar y jugarlo.
Te cuento esto porque fue lo único que no pudimos hablar, porque todo lo demás ya lo sabés. Hablábamos todos los días y nos veíamos cuando se podía por mis compromisos.
No sé qué voy a hacer sin vos, no sé cómo seguir. Yo solo jugaba al fútbol y ahora tengo bastantes dudas de que vaya a seguir haciéndolo por mucho tiempo más. Estuviste al lado mío desde el principio, faltaba tan poquito para el final. ¿Por qué no aguantaste ese poquito más y terminábamos juntos?
Sé que tu felicidad era ver bien a tu familia, a tu mujer, a tus hijos y, sobre todo, sin que se enteren los otros, verme jugar a mí… 😉
Desde chiquito siempre fue así. Me llevabas a todos los entrenamientos apenas llegabas de trabajar. A muchos me llevaba mamá porque vos estabas trabajando.
Obviamente, a los partidos no faltabas a uno. Cómo sufrías viéndome y cómo disfrutabas, aunque nunca me regalabas muchos elogios.
Fuiste papá, amigo y representante. Siempre eras la persona que tenías que ser en cada momento y nunca te equivocaste en nada. Más allá de algunos reproches o peleas, siempre tenías razón. Al final se terminaba dando como vos decías.
Te voy a extrañar mucho, pero siempre vas a estar presente, y sobre todo en la educación de mis hijos, porque les enseño y los educo como ustedes lo hicieron conmigo.
Descansá en paz y cuidanos desde arriba como lo hacías acá. Gracias por todo.
Te amo, pa. ❤️
Palabras, Solo Palabras
Relatos de mi vida marcados por el amor, la lucha y la esperanza, contados palabra por palabra.
Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre excluido de su hogar
Autor y compositor de “Palabras, Solo Palabras”
“Podrán apartarme de mi hogar y no escuchar mi verdad, pero jamás podrán borrar lo que llevo escrito en el alma.”
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