martes, 28 de julio de 2026

REENCUENTROS QUE LLEGAN AL CORAZÓN: Don Tito Cebila: el hombre que transformó una relación laboral en una amistad para toda la vida

 

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Don Tito Cebila: el hombre que transformó una relación laboral en una amistad para toda la vida

Entre el volante del interno 206 y los caminos de la vida nació un vínculo construido sobre la confianza, el respeto y la gratitud. Esta es la historia de un reencuentro que demuestra que las personas verdaderamente buenas jamás se olvidan.

"Algunas personas llegan a nuestra vida por trabajo; otras terminan convirtiéndose en parte de nuestra historia. Don Tito fue ambas cosas."

Hay momentos que quedan grabados para siempre en la memoria. No por los lugares que visitamos ni por las cosas que conseguimos, sino por las personas que Dios pone en nuestro camino. Algunas aparecen por un instante; otras dejan una huella que el paso del tiempo jamás consigue borrar. Para mí, Don Tito Cebila pertenece a ese grupo de personas inolvidables.

El 1 de mayo de 2005, con 35 años de edad, comencé a trabajar en la querida Línea 17. Mi llegada a la empresa fue gracias a mi padre, quien conocía a Alfredo, entrañablemente llamado "Mandraque". Él fue quien me abrió las puertas y, después de realizar las prácticas, me dio una noticia que jamás olvidaré:

Vas a manejar el interno 206, el coche de Tito.

En ese momento no conocía la empresa ni sabía quién era Don Tito. Solo era un hombre con enormes ganas de trabajar, de aprender y de construir un futuro con esfuerzo.

Desde el primer día me sentí muy bien recibido por los directivos de la empresa y por el cuerpo de delegados de aquel entonces. Encontré un ambiente donde me trataron con respeto y me hicieron sentir parte de una gran familia. Ese recibimiento fortaleció aún más mi compromiso de responder con trabajo, responsabilidad y dedicación.

Terminó mi primera jornada laboral y, mientras barría el colectivo, se acercó un hombre calvo, de voz firme e inconfundible.

—¡Qué hacés, pibe! —me dijo.

Sin saber quién era, le respondí con respeto:

—Hola, señor. Acá estoy, barriendo el colectivo.

Él me miró y me dijo:

Limpialo bien y cuidalo, que nos vamos a llevar bien.

Sorprendido, le contesté:

—No se preocupe, voy a dar lo mejor de mí. Me gusta este trabajo... Pero, ¿quién es usted?

Con una sonrisa respondió:

Soy Tito Cebila.

Se dio media vuelta y siguió su camino.

Nunca imaginé que aquel breve diálogo sería el comienzo de una relación basada en la confianza, el respeto y el afecto mutuo.

Con el paso del tiempo conocí a Walter, que también trabajaba con los coches de Tito, y los años fueron fortaleciendo el vínculo entre nosotros. Dejamos de ser simplemente patrón y empleado. Charlábamos de trabajo, de la vida y de nuestras familias.

Siempre procuré cuidar el interno 206 como si fuera mío. Si había que llevarlo al lavadero, al taller, al electricista o a la VTV, allí estaba. En los nueve años que trabajé en la empresa solo falté dos veces, ambas por causas de fuerza mayor. Mi compromiso era total, porque entendía que la confianza se construye con responsabilidad y se sostiene con hechos.

Con el tiempo, Don Tito comenzó a confiar plenamente en mí. Cuando necesitaba el colectivo para alguna salida familiar, me lo prestaba sin dudar. Gracias a ese gesto pude llevar a mis hijos a la matiné de los sábados, ir a ver jugar al fútbol a mi hijo en Racing y compartir momentos familiares que hoy atesoro con enorme cariño.

En algunas oportunidades, incluso, me pedía que retirara el interno 206 de la empresa y lo guardara en mi casa para evitar que otros lo utilizaran. Era una muestra de confianza enorme que siempre procuré honrar.

Cada vez que viajaba de vacaciones a Mendoza le llevaba unos vinos como una pequeña forma de agradecer tanta generosidad.

Pero hubo un gesto que jamás podré olvidar.

Un día necesitaba comprar una batería para mi automóvil y no tenía el dinero suficiente. Estaba realmente preocupado. Sin que yo se lo pidiera, un sábado por la mañana apareció Don Tito en la puerta de mi casa con una batería nueva.

Ese día compartimos un asado.

Quizás para él fue un gesto sencillo. Para mí fue una lección de humanidad que todavía hoy me emociona al recordarla.

Con el tiempo también me invitó a conocer su casa. Fui a ayudarlo con un problema de internet y comprendí que la confianza entre nosotros iba mucho más allá de lo laboral. No cualquiera abre las puertas de su hogar. Allí confirmé lo que ya intuía: estaba frente a un hombre bueno, humilde y generoso.

Jamás recuerdo un enojo entre nosotros. Siempre hubo respeto, diálogo y una relación que fue creciendo con los años.

Lamentablemente, la vida dio un giro inesperado.

Un accidente sufrido en la vía pública cambió por completo mi destino laboral y personal.

Como consecuencia de aquella situación perdí mi empleo y, con el tiempo, también atravesé uno de los momentos más difíciles de mi existencia. Fui excluido de mi hogar y permanecí durante dos años viviendo en la calle, hasta que logré volver a ponerme de pie.

En aquellos días difíciles sentí que el nuevo cuerpo de delegados ya no me representaba. Fue una sensación muy dolorosa porque esperaba sentirme acompañado en un momento tan complejo de mi vida.

Aun así, siempre guardaré respeto por los directivos que por entonces conducían la empresa. Recuerdo que mi desvinculación estuvo cargada de tristeza. En lo personal conservé la esperanza de poder continuar desempeñando alguna otra tarea dentro de la Línea 17, acorde con mi nueva realidad, pero esa posibilidad nunca llegó.

El día que me despedí les agradecí sinceramente por todos los años que me permitieron formar parte de la empresa. Me retiré con lágrimas en los ojos y con un profundo dolor por perder un trabajo que había desempeñado con orgullo, compromiso y dedicación.

A pesar de ese final, jamás renegué de los años vividos en la Línea 17. Todo lo contrario. Siempre elegí recordar a las personas buenas que conocí durante ese tiempo, y entre todas ellas sobresale una por encima de cualquier otra: Don Tito.

En medio de tantas dificultades, muchas veces me pregunté qué sería de su vida.

Tiempo después alguien me comentó que su salud ya no era la misma.

Entonces, en 2025, reuní el valor para visitarlo. Me recibió muy amablemente su esposa, Roxana. Pude verlo, conversar un rato y regresé con el corazón profundamente conmovido.

Sin embargo, sentía que todavía me faltaba algo.

El 26 de junio de 2026 volví a visitarlo.

Quería llevarme un recuerdo junto a él. Una fotografía que inmortalizara tantos años compartidos y que reflejara el profundo agradecimiento que siento hacia quien fue mucho más que mi patrón.

Cuando Roxana nos tomó la fotografía, lo abracé.

Y en ese abrazo sentí el mismo calor humano de aquel hombre que, veintiún años antes, me había dicho:

"Limpialo bien y cuidalo, que nos vamos a llevar bien."

No hicieron falta demasiadas palabras.

Ese abrazo habló por los dos.

Hoy escribo estas líneas en mi blog "Palabras, Solo Palabras" para que este recuerdo no se pierda con el paso del tiempo.

También quiero expresar mi agradecimiento a la querida Línea 17, empresa donde crecí como trabajador y como persona, pero sobre todo rendir homenaje a quien dejó una marca imborrable en mi vida.

Don Tito nunca fue solamente el dueño del interno 206.

Fue un hombre que enseñó con el ejemplo.

Un hombre que confiaba en la palabra, que valoraba el compromiso y que siempre estaba dispuesto a tender una mano sin esperar nada a cambio.

Esas son las personas que engrandecen una empresa y dignifican el trabajo.

Desde que conocí su estado de salud, todos los días elevo una oración por él.

Le pido a Dios que lo bendiga, que le conceda fortaleza y paz, y que acompañe también a su querida familia, que con tanto amor permanece a su lado.

Reflexión final

La vida suele medir el éxito por los bienes materiales, los cargos o los logros personales. Sin embargo, con el paso de los años uno descubre que la verdadera riqueza está en las personas que dejaron una huella imborrable en nuestro corazón.

Los colectivos envejecen, los trabajos terminan y el tiempo pasa para todos. Pero los gestos sinceros, la confianza, la solidaridad y el respeto permanecen para siempre en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de recibirlos.

Volver a abrazar a Don Tito fue comprender que existen personas cuyo legado no se escribe en papeles ni en títulos, sino en el corazón de quienes compartieron un tramo del camino con ellas.

Hoy doy gracias a Dios por haberme permitido trabajar en la Línea 17 y, sobre todo, por haber puesto a Don Tito en mi vida.

Porque hay personas que simplemente pasan por nuestro camino.

Y hay otras que, con su ejemplo silencioso, su inmensa calidad humana y su generosidad, se convierten para siempre en parte de nuestra historia.

Gracias por tanto, Don Tito. Que Dios lo bendiga siempre.


Palabras, Solo Palabras

Relatos de mi vida marcados por el amor, la lucha y la esperanza, contados palabra por palabra.

Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre excluido de su hogar
Autor y compositor de Palabras, Solo Palabras

"Podrán apartarme de mi hogar y no escuchar mi verdad, pero jamás podrán borrar lo que llevo escrito en el alma."

Obra registrada conforme a la Ley 11.723 – República Argentina.

Dirección Nacional del Derecho de Autor (DNDA)

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Todos los derechos reservados © Rubén Gustavo Ayala Williams



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