EXCLUIDO DEL HOGAR, NO DEL AMOR: Cuando el sueño de juventud duele, pero no se abandona

 

EXCLUIDO DEL HOGAR, NO DEL AMOR

Cuando el sueño de juventud duele, pero no se abandona

De joven soñé con tener una familia. No era un deseo pasajero: era mi proyecto de vida. Soñaba con una mesa compartida, con hijos creciendo bajo un mismo techo, con una mujer a mi lado construyendo futuro. Soñaba con pertenecer y con hacer sentir pertenencia. Mientras otros soñaban con éxito o reconocimiento, yo soñaba con abrazos sinceros y con un hogar que fuera refugio permanente.

Viví para ese sueño. Trabajé día y noche para ese sueño. Entregué mi juventud, mi fuerza y mis años para verlo crecer. Creí que el amor se sostenía con sacrificio y compromiso. Que cada jornada extensa, cada renuncia silenciosa, cada esfuerzo callado, eran ladrillos invisibles que fortalecían la familia. Y durante mucho tiempo, así lo sentí.

Formé mi familia, la abracé y la sostuve con todo lo que estaba a mi alcance. Sin embargo, la vida trajo situaciones dolorosas que marcaron un antes y un después. Las diferencias, los desencuentros y las decisiones que se tomaron en el camino fueron generando una distancia que nunca imaginé vivir. Lentamente, casi sin darme cuenta, comencé a sentir que ya no ocupaba el mismo lugar dentro de aquello que ayudé a construir.

La cercanía se transformó en silencio. El diálogo se volvió escaso. Y un día comprendí que mi realidad había cambiado profundamente. Hoy vivo sin el hogar que durante tantos años fue el centro de mi vida. Esa situación pesa, no solo por lo material, sino por lo emocional. No es únicamente la falta de un techo; es la sensación de distancia con quienes fueron y son el motor de mi existencia.

Sin embargo, en medio de esta etapa difícil, descubrí algo que nadie puede arrebatarme: la certeza de haber amado con sinceridad. No guardo rencor. El dolor forma parte de la condición humana, pero el resentimiento no habita en mi corazón. A pesar de todo, por encima de todo, por siempre voy a amar a la madre de mis hijos, a mis hijos y a mis nietos. Mi amor no depende de una circunstancia, ni de una distancia, ni de un momento adverso. Es un amor que nació cuando era joven y soñaba con formar una familia, y ese amor no se apaga con el paso del tiempo.


“El amor verdadero no se pierde cuando se pierde el techo; se pierde cuando se pierde el corazón… y yo elijo no perder el mío.”


Pueden cambiar las situaciones. Puede cambiar el lugar que uno ocupa. Incluso puede sentirse la ausencia. Pero el amor verdadero no desaparece cuando cambian las condiciones. Permanece. Se transforma en memoria, en aprendizaje y en esperanza.

El hogar que ayudé a construir no fueron solo paredes; fue dedicación, fue compromiso, fue entrega. Y aunque hoy mi realidad sea distinta, conservo algo que nadie puede quitarme: dignidad. No escribo para acusar a nadie. Escribo para sanar. Escribo para dejar testimonio de que se puede atravesar el dolor sin perder la capacidad de amar.

Pueden quitarme mi hogar y la justicia no atenderme, pero jamás podrán borrar la verdad que llevo escrita en mi alma.

No renuncio al sueño que tuve de joven. No renuncio al abrazo pendiente. No renuncio a la esperanza de volver a compartir momentos con mis hijos y mis nietos. Creo que mientras haya vida, hay posibilidad de reconstrucción. Los inviernos no son eternos. Las heridas pueden cicatrizar. Y los vínculos, cuando fueron verdaderos, siempre guardan la posibilidad de reencontrarse.

Hoy mi realidad es distinta a la que soñé, pero sigo de pie. Sigo creyendo. Sigo amando. Y mientras conserve eso, mi historia no está derrotada.


Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre excluido
Autor y Compositor

Palabras, solo palabras: relatos de mi vida marcados por el amor, la lucha y la esperanza, contados palabra por palabra.

Registrada conforme a la Ley 11.723
DNDA – República Argentina

Expedientes:
EX-2025-55455694 – APN-DDRNEES#MCH (Obra literaria)
EX-2024-89059752 – APN-DNDA#MJ (Obra musical)



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