Antes de que el silencio sea eterno: Cuando el amor es más fuerte que el orgullo
Antes de que el silencio sea eterno
Cuando el amor es más fuerte que el orgullo
“El rencor puede alejarnos por un tiempo; el orgullo puede levantar muros; el ego puede endurecer el corazón. Pero el amor verdadero, cuando es sincero, siempre espera, siempre perdona y siempre encuentra el camino de regreso.”
Hay ausencias que duelen más que la distancia. No se trata solo de no compartir un mismo techo, sino de no compartir la vida cotidiana, las palabras simples, los abrazos espontáneos. Cuando la familia se fragmenta, el corazón no entiende de versiones distintas ni de razones formales; entiende de afecto, de recuerdos, de vínculos que no deberían romperse por completo.
En la soledad aparecen preguntas inevitables:
¿Qué sentirán mis hijos cuando piensen en mí?
¿Qué quedará en su memoria al recordar a su padre?
Como todo ser humano, he cometido errores. Nadie transita esta vida sin equivocarse. Con el tiempo comprendí que el amor auténtico no se mide por las fallas, sino por la intención constante de cuidar, acompañar y volver a intentar.
¿Recordarán los momentos compartidos en familia?
¿Qué sentimientos habitan hoy en sus corazones?
¿Podrán mis nietos conocer el amor de su abuelo?
¿Quedará en la memoria la parte luminosa de nuestra historia?
Todos, tarde o temprano, partimos. Esa verdad no distingue edades ni circunstancias. Frente a esa certeza, vale la pena preguntarnos qué queremos llevar en el corazón cuando llegue ese día.
¿El peso del orgullo?
¿La carga del rencor?
¿El silencio que pudo haberse transformado en un abrazo?
La vida es demasiado breve para dejar que el ego decida por nosotros.
El orgullo puede parecer fortaleza, pero muchas veces es miedo disfrazado. El ego puede hacernos sentir que tenemos razón, pero rara vez nos acerca a quienes amamos. Perdonar no es rendirse ni olvidar; es elegir que el vínculo sea más importante que la discusión. Es comprender que la familia no es perfecta, pero sí es un espacio donde el amor merece una nueva oportunidad.
Hoy mi corazón está en paz. No porque no duela la distancia, sino porque elijo no alimentar el resentimiento. Elijo amar sin condiciones, aun cuando no haya respuestas inmediatas. Elijo creer que siempre existe la posibilidad de reencontrarse desde la madurez, el respeto y la comprensión.
Si mañana la vida me sorprendiera con su fragilidad, mi mayor deseo no sería tener la última palabra, sino haber tenido la oportunidad de abrazar una vez más. Decir, sin orgullo y sin reproches: siempre los amé.
Porque el amor de un padre no se extingue con el silencio ni se debilita con la distancia. Permanece.
Qué hermoso sería volver a sentarnos a conversar, reconocer los errores del pasado y construir un presente distinto, más consciente y más humano.
Esta reflexión no nace para señalar, sino para invitar. Invitar a pensar que ninguna diferencia merece convertirse en un adiós definitivo. Invitar a recordar que el tiempo no regresa y que las oportunidades de reconciliación no deberían postergarse. Invitar a que el amor sea más fuerte que el orgullo y que el perdón llegue antes que el arrepentimiento.
La familia puede sanar. Los corazones pueden ablandarse. Los abrazos pueden volver. Y mientras haya vida, hay esperanza.
Porque jamás es tarde para comenzar de nuevo, sin rencores y con amor, proyectando con serenidad el tiempo que aún nos quede por compartir.
Mi propuesta sigue abierta.
“Palabras, solo palabras: relatos de mi vida marcados por el amor, la lucha y la esperanza, contados palabra por palabra.”
Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre – Autor y Compositor
Palabras, solo palabras
Podrán quitarme bienes materiales o negarme comprensión, pero jamás podrán borrar la verdad que llevo escrita en el alma.
Registrada conforme a la Ley 11.723 – DNDA – República Argentina
Expedientes:
• EX-2025-55455694 – APN-DDRNEES#MCH (Obra literaria)
• EX-2024-89059752 – APN-DNDA#MJ (Obra musical)



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