La Justicia que Exige, pero no Protege: el drama del padre excluido

¿Qué sucede cuando el sistema se convierte en un observador pasivo del desmantelamiento de un vínculo familiar?

Como sociedad, hemos avanzado en el reconocimiento de derechos, pero en los tribunales de familia persiste una zona oscura donde la justicia parece caminar con un solo ojo abierto. Allí, la exigencia es rápida y severa cuando se trata del cumplimiento de la cuota alimentaria. Y está bien que así sea: es una obligación irrenunciable.

Sin embargo, surge una pregunta tan incómoda como urgente:
¿por qué esa misma firmeza desaparece cuando se trata de garantizar el derecho de un hijo a vincularse con su padre?

El cumplimiento no es un privilegio: es un derecho mutuo

Es necesario desarmar una idea profundamente injusta que se ha naturalizado. La cuota alimentaria no es el precio de una visita ni una “entrada” para ver a un hijo: es un deber legal y moral. Pero el vínculo afectivo tampoco es una concesión que pueda otorgarse o negarse según la voluntad de uno de los progenitores.

Cuando un padre cumple con sus obligaciones y, aun así, se le impide el contacto con sus hijos, la justicia incurre en una contradicción ética y jurídica. Exigir con rigor a una parte mientras se tolera la obstrucción sistemática de la otra rompe el principio básico de igualdad ante la ley y vacía de contenido el tan invocado “interés superior del niño”.

La complicidad del silencio institucional

Cuando el vínculo es obstaculizado de manera reiterada, el tiempo se transforma en un arma silenciosa. Cada día sin contacto no es neutro: es un día de ausencia forzada, de distorsión de la memoria afectiva y de daño emocional acumulativo.

Si los juzgados permiten que las denuncias por impedimento de contacto se archiven en la lentitud burocrática, mientras las ejecuciones alimentarias avanzan con precisión quirúrgica, ya no estamos ante una simple falla administrativa. Estamos frente a una complicidad institucional.

A uno se lo controla, se lo vigila y se lo sanciona.
Al otro, muchas veces, se lo justifica, se lo excusa o se lo espera indefinidamente.
Mientras tanto, el lazo afectivo se deteriora, se enfría y, en algunos casos, se rompe de manera casi irreversible.

Una llamada urgente a la coherencia

Este no es un ataque personal ni una disputa de géneros. Es un llamado de atención a un sistema que tiene la obligación de proteger derechos, no de administrarlos con doble vara.

El interés superior del niño no se reduce a lo material. No se agota en un plato de comida ni en una transferencia bancaria. Se construye con presencia, con palabras, con abrazos, con referencias afectivas reales y constantes.

Un niño tiene derecho a una historia completa, a una identidad sin mutilaciones, a la presencia de ambos padres siempre que no exista peligro real. Privarlo de uno de ellos, con la venia de una justicia lenta o indiferente, es una forma de violencia que la sociedad ya no puede seguir negando ni callando.

Palabras, solo palabras…
hasta que el derecho al vínculo sea tan sagrado, tan exigible y tan protegido como la obligación alimentaria.


Ruben Gustavo Ayala Williams
Autor y Compositor - Padre Excluido
Obra literaria: “Palabras, solo palabras”
Registro DNDA: EX-2025-55455694-APN-DDRNEES#MCH
Contacto: gustavoayala393@gmail.com



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