EL CUARTO REY MAGO: Todos somos el cuarto Rey Mago en el camino de la vida.
EL CUARTO REY MAGO
Todos somos el cuarto Rey Mago en el camino de la vida.
“No buscaste a Dios en vano: lo encontraste cada vez que aliviaste el dolor de otro.”
Palabras, solo palabras
Relatos de mi vida marcados por el amor, la lucha y la esperanza, contados palabra por palabra.
Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre y Abuelo Excluido
Hay una vieja leyenda que, sin formar parte de la Revelación, guarda una de las verdades más hondas del cristianismo y, quizá, de la condición humana: no siempre encontramos a Dios donde creemos que está, pero casi siempre lo dejamos esperando donde más lo necesitan.
Dice esa historia que, además de los tres Reyes Magos, hubo un cuarto. También vio la estrella brillar sobre Belén. También comprendió que aquel signo en el cielo anunciaba algo destinado a cambiar el mundo. También preparó su ofrenda: un cofre colmado de perlas preciosas, digno de un Rey recién nacido.
Y también partió.
Pero su camino fue distinto.
A poco de andar comenzó a encontrarse con personas heridas por la vida: pobres, enfermos, presos, abandonados, olvidados. No pedían discursos ni promesas; pedían ayuda concreta. Y el cuarto Rey Mago, cada vez que se cruzaba con uno de esos rostros, no podía seguir de largo.
Se detenía.
Escuchaba.
Acompañaba.
Y dejaba una perla.
Cada gesto de misericordia demoraba su viaje. Cada acto de amor vaciaba su cofre. Cada parada lo alejaba un poco más del destino que había imaginado… y lo acercaba, sin saberlo, al verdadero sentido de su misión.
Cuando por fin llegó a Belén, la estrella ya no estaba. Los otros Reyes se habían ido. El Niño había huido con sus padres hacia Egipto, perseguido por el odio y la violencia del poder.
Lejos de rendirse, el cuarto Rey siguió buscando.
Sin estrella.
Sin mapa.
Sin certezas.
Buscó durante años. Décadas. Recorrió caminos, pueblos, desiertos y ciudades. Y mientras buscaba, seguía ayudando. Ya casi no le quedaban perlas, pero seguía encontrando personas rotas.
Hasta que un día, viejo y cansado, llegó a Jerusalén.
Allí encontró una multitud enfurecida. Gritos, sangre, condena. En el centro, un hombre destrozado, clavado en una cruz. Y entonces ocurrió: al mirarlo a los ojos, reconoció algo que había visto una vez, hacía muchísimos años.
El brillo de la estrella.
Comprendió, en ese instante, que aquel condenado era el Niño que había buscado toda su vida.
Le quedaba una sola perla.
Pero ya era tarde.
Sintió que había fracasado. Que su vida había sido un error. Que siempre había llegado después.
Y esperó la muerte.
Tres días más tarde, una luz más fuerte que mil estrellas llenó su habitación. Era el Resucitado. Y entonces escuchó las palabras que dan sentido a toda esta historia —y quizá también a toda vida humana—:
“Yo estaba desnudo, y me vestiste.
Tuve hambre, y me diste de comer.
Tuve sed, y me diste de beber.
Estuve preso, y me visitaste.
Yo estaba en cada pobre que atendiste en tu camino.
No fracasaste. Me encontraste cada día.”
Esta historia no necesita demasiadas explicaciones.
Nosotros somos el cuarto Rey Mago.
Pasamos la vida creyendo que debemos llegar a algún lugar, cumplir objetivos, alcanzar metas. Y muchas veces sentimos que llegamos tarde. Que lo perdimos todo. Que fallamos.
Pero quizá no.
Quizá cada vez que ayudamos a alguien, cada vez que consolamos, cada vez que sostenemos a otro en su dolor, no nos estamos desviando del camino: estamos en el camino.
Hoy termina el tiempo litúrgico de la Navidad. Pero la Epifanía —ese encuentro con Dios que se revela en el rostro del que sufre— debería acompañarnos todos los días del año.
Porque tal vez, al final, descubramos que nunca llegamos tarde.
Que nunca estuvimos perdidos.
Que Dios estuvo siempre ahí, esperándonos en los demás.
✍️ Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre y Abuelo Excluido
Registro legal
Palabras, solo palabras — Ley 11.723
DNDA – República Argentina
Expedientes: EX-2025-55455694 (Obra literaria) · EX-2024-89059752 (Obra musical)



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