Palabras, solo palabras La historia de un hombre que cumplió sueños, cayó, y eligió levantarse con fe para volver a amar

Palabras, Solo Palabras
La historia de un hombre que cumplió sueños, cayó y eligió levantarse con fe para volver a amar

“Cuando no te apartás de Dios, los sueños no mueren: esperan.”

De niño, cuando la vida aún era simple y los sueños no conocían el miedo, escribí en la escuela que quería ser conductor de colectivos. No era solo un oficio lo que imaginaba. Era una vida en movimiento. Una vida que avanzaba. Frente a un volante sentía que tenía el control del rumbo, la responsabilidad de llevar a otros mientras la vida seguía su curso. Soñaba con ser parte de algo más grande, con ser un punto de unión entre personas y destinos.

Ese sueño, con el tiempo, se cumplió.

A los 26 años me convertí en conductor. Trabajé en dos líneas de colectivos y cada recorrido, cada parada, fue más que un trayecto: fue la confirmación de que los sueños, incluso los más sencillos, pueden hacerse realidad. Y con ese mismo impulso empecé a soñar más grande: un hogar propio, una familia, una mesa compartida, plantas creciendo al sol, hijos corriendo por el patio, nietos sentados alrededor de esa misma mesa. Soñaba una vida construida paso a paso, con esfuerzo, trabajo y dignidad.

Y la vida me concedió muchos de esos sueños.

Tuve una esposa, tres hijos y cuatro nietos. Construí un hogar lleno de amor, risas y flores. Terminé la escuela secundaria, estudié informática, me formé como instructor y en robótica. Escribí textos, canciones y reflexiones. Cada logro fue una pequeña victoria que me acercaba a aquella vida que imaginé siendo joven. Todo parecía tener sentido, como si las piezas del rompecabezas encajaran en su lugar.

Pero la vida también enseña a través del dolor.

A pesar de los sueños cumplidos, llegaron las lecciones más duras. Perdí lo más importante: mi hogar y mi familia. No fue por falta de amor, sino por mis errores, que hoy reconozco. No supe comprender al otro, no respeté tiempos ni silencios. El orgullo, la mentira, el engaño y la falta de comunicación fueron abriendo una distancia que terminó por separarnos. El derrumbe llegó rápido, más rápido de lo que pude imaginar.

Hubo un momento en el que lo perdí todo.

Estuve literalmente en la calle, sin fuerzas, sin rumbo, sin futuro. Sin esperanza. Y fue allí, en el fondo del abismo, donde apareció Dios.

No como una idea abstracta, sino como una presencia real. Fue Dios quien me levantó cuando ya no podía más. Fue Él quien me devolvió las ganas de vivir cuando la soledad parecía definitiva. Él me enseñó que la vida no termina en la caída y que, cuando hay fe, siempre es posible volver a empezar. Por eso sigo escribiendo. No desde la abundancia, sino desde la fe. Desde la certeza de que, aunque todo parezca perdido, el camino nunca está cerrado para quien está dispuesto a caminar con esperanza.

Uno de mis sueños fue escribir un libro. Hoy lo estoy cumpliendo, palabra por palabra. Ese libro se llama Palabras, Solo Palabras. Son relatos de mi vida marcados por el amor, la lucha, la esperanza y, sobre todo, la fe. No escribo para justificarme ni para señalar culpables. Escribo para decir la verdad. Para dejar testimonio de lo vivido, de los aciertos y, especialmente, de los errores.

Hoy escribo desde la soledad. Desde el dolor de ser un Padre Excluido. Desde la ausencia de una casa que ya no habito y de una mesa que ya no comparto. Extraño a mi familia. Extraño a la madre de mis hijos, a quien seguiré amando por siempre, aunque ella no lo sepa. Extraño las conversaciones cotidianas, las risas al final del día, la simpleza de una vida que alguna vez creí segura.

Pero sigo soñando.

Sigo creyendo que los errores pueden corregirse, que siempre es posible enmendar cuando hay humildad. Estoy dispuesto a escuchar, a reconocer mis fallos y, sobre todo, a cambiar. Creo firmemente que el perdón y la reconciliación no solo son posibles, sino necesarios. Y si alguna vez este texto llega a mis hijos, a mi familia, quiero que sepan que sigo creyendo que podemos, juntos, reconstruir lo que se perdió.

Quiero escribir el final de este libro con reencuentro, con perdón y con verdad. No un final perfecto, sino un final humano, que abrace tanto la belleza como la fragilidad de la vida. Porque mientras no me aparte de Dios, mis sueños siguen vivos. No se han ido. Solo esperan.

Mientras haya palabras, la historia continúa.


Rubén Gustavo Ayala Williams
Padre Excluido
Autor y compositor – Escritor y autor de canciones

Obra registrada conforme a la Ley 11.723
Dirección Nacional del Derecho de Autor – República Argentina

Expedientes:
• EX-2025-55455694 – APN-DDRNEES#MCH (Obra literaria)
• EX-2024-89059752 – APN-DNDA#MJ (Obra musical)



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